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 “Se trata de ver como extranjero lo que es nuestro y como nuestro lo que es extranjero”

Maurice Merleau-Ponty. Signes 1960 “De Mauss a Lévi-Strauss”

 

Pero, ¿Nosotros también somos “otros”?

 

Dice el tópico que ciertos enigmas permanecen. Uno de los más persistentes se

remonta a la oscuridad y misterio de los Oráculos: “Conócete a ti mismo”.

Planea sobre nosotros desde los orígenes de nuestra civilización occidental.

Fue Sócrates quién, según cuenta Platón, abordó en el ágora la tarea de

esclarecer la sentencia oscura y misteriosa que parecía contener la clave de todo

lo demás. Sus instrumentos fueron la arrogante e ilusionada Razón y el Diálogo.

No obstante, lapidaria y persistente, la máxima continúa desconcertando a quien

repiensa su significado.

La investigación antropológica queda atrapada por ella. Esta vez, vía especular.

Intenta hacer ciencia de los otros y descubre en ellos reflejos no esperados que le

hacen reflexionar sobre su propia imagen, sobre su propio sentido y posibilidad.

La Antropología cae en la misma trampa que cualquier “ciencia humana”.

Objetivo: conocer la naturaleza humana “a pie de obra”, lejos de especulaciones

metafísicas. Cual Linneos de la variada fauna humana, los antropólogos

comienzan su trabajo yendo a observar “a los otros humanos”. A veces encajan y

a veces no en sus clasificaciones.

La más dolorosa bofetada que recibe la Antropología en sus intentos por

convertirse en disciplina científica es constatar que al observar a “los otros” uno

se descubre siendo observado. Va con ojos que miran pero  encuentra ojos que

devuelven la mirada. Lo que en principio fue concebido como una empresa de

investigación científica, o de colonización, o de cristianización, tuvo unos

curiosos, divertidos y no esperados efectos secundarios: tambalearon los

cimientos de la Objetividad. Fue pillada en un renuncio. Se vió producto de una

subjetividad. De una subjetividad que aparecía ante los pasmados ojos

occidentales como ante un espejo mantenido por “los otros” que les devolvía su

propia imagen ora cóncava, ora convexa, enormemente alargada o ridículamente

achaparrada. El enigma de los espejos (muy presentes en nuestra mitología,

nuestros cuentos y leyendas) radica en que devuelven nuestra imagen desde un

ángulo que nunca podremos ocupar y que nos impide reconocernos plenamente en lo que vemos.

El griego no se reconoció en “sus bárbaros”, ni el renacentista en “sus clásicos”,

ni el ilustrado en “sus salvajes”. No obstante, bárbaros,

clásicos y salvajes nos sirven hoy de espejo para conocer, por contraste, las

características propias de quienes así los conceptualizaron.

Casi nunca nos deja indiferentes la mirada de los otros porque nos sentimos

observados. Y resulta sorprendente lo en serio que nos

tomamos. Conocerse uno mismo, sí, como decía el Oráculo, pero no perdamos de

vista el elemento cómico cuando surge lo imprevisto,

cuando la mirada del otro nos hace vernos de una forma inesperada que puede

provocar, junto con la hilaridad de los otros, la nuestra.

“Los otros” son necesarios para ese autoconocimiento, pues nos ven con

perspectiva, lo que nuestra posición absoluta no nos permite a nosotros mismos.

Y lo mismo vale para ellos. Tarea difícil, pero estimulante, dejar que otros

rompan nuestra estructurada imagen, mostrando así su relatividad. Siempre es

bueno dejar que alguien rompa algún pedestal.

Conócete a ti mismo y ríete, que alguien te ayude a reírte de ti, a solas no es

posible. La Antropología es una buena compañera en esa empresa.

Vista así, como disciplina que pretende conocer las peculiaridades de los otros y,

al hacerlo, descubre las propias, la Antropología tiene un elemento inquietante

porque cuestiona nuestra propia concepción de la humanidad. Muestra que

nadie puede acaparar el estandarte de lo humano desde una

determinada cultura.

Nos ayuda a ver, aceptar y asimilar la diferencia como consustancial al ser

humano. Pero, curiosamente, desde la base no

cuestionable de una igualdad primigenia, humana, que escapa a nuestra

capacidad de conceptualización y que se manifiesta tanto en la posibilidad de la

comunicación como en la patencia de la incomunicación. Aporético resultado

que nos conduce de nuevo al enigma de nuestra propia naturaleza humana.

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