LOS OTROS COMO BÁRBAROS


Según Veggetti y Contreras, "bárbaro" es un adjetivo para caracterizar las diferencias culturales entre grupos humanos. "Bárbaros" son los otros, los no civilizados. Esta caracterización es, en principio, negativa.

Los griegos llamaban Bárbaroi a los extranjeros, tanto los que compartían rasgos culturales con ellos como los menos civilizados. Bárbaros eran así, tanto egipcios como orientales. Quienes no hablaban la lengua griega. Su balbuceo, ese sonido carente de significado para ellos, que les sonaba a "bar, bar, bar..." (nuestro bla, bla, bla...) dió origen al término.

Dada la profunda identificación en la cultura griega de la palabra y la razón, el bárbaro queda rotundamente desprovisto de humanidad. Bárbaro es el que carece de logos. Con semejantes balbuceos ininteligibles no era posible -desde el punto de vista del heleno- que tales seres pudiesen alcanzar las mismas cotas de racionalidad que ellos.

Sus modos de vida no pueden tampoco tener sentido ni orden. Esta negación de la capacidad racional convierte en sin sentido cualquier compromiso ético con ellos: se les puede comprar, maltratar, esclavizar...

Las primeras críticas a ésta forma de razonar, aparecen en la propia Grecia. Así, leemos en El Político de Platón (262 c/d), (en boca del extranjero) la siguiente reflexión acerca de la validez del concepto "bárbaro":

"...si queriendo dividir en dos partes el género humano, se hiciera la división como la hacen la mayoría de las gentes de aquí, cuando tomando primero la raza o linaje helénicos como una unidad distinta de todo el resto, ponen en un grupo todas las demás razas, siendo así que ellos constituyen un número incalculable de pueblos que no se mezclan ni se entienden entre sí, y dado que los califican a todos con el nombre único de bárbaros, imaginan que con haberlos designado por medio de un sólo nombre han hecho de ellos una sola raza o linaje".

Podemos leer en el texto trascrito una excelente denuncia de etnocentrismo que todavía se matiza más un poco más adelante al comparar, con buen humor, ésta manera de razonar a la de las grullas, poniendo así en entredicho la presunta racionalidad de quien así argumenta:

"...esto es lo que quizá haría cualquier otro animal que pudiéramos figurarnos dotado de razón, como la grulla, por ejemplo, o cualquier otro; también ella distribuiría los nombres como haces tú: aislaría primero el género grullas para oponerlo a todos los demás animales, y de esta forma glorificarse a sí mismo, y rechazaría el resto, hombres incluidos, en un mismo grupo, para el que probablemente no encontraría otro nombre que el de bestias".

Burdas formas de Antropocentrismo y de Etnocentrismo denunciadas por Platón. El animal y el bárbaro carecen de logos, por tanto de capacidad racional.

Los rasgos que definen al bárbaro son desde el paradigma helénico los siguientes:

No hablar griego.
Carecer de facultad deliberativa.
Vivir en zonas geográficas que son demasiado tórridas o frías respecto a las que habitan los helenos.
Desviarse en sus costumbres de la forma de vida griega.
Estos requisitos niegan a la mayor parte de la humanidad la condición de humanos. Ser humano es ser griego.

Como comenta Carlos García-Gual en De Palabra y Obra en el Nuevo Mundo, (cap. 1: La visión de los otros en la Antigüedad Clásica),

"La diferencia de lengua es la marca fundamental de la alteridad. Comunidad política, racial, religiosa, cultural, todo eso resulta algo secundario frente a esa comunidad en la palabra, como si, por un raro poder mágico, la unidad lingüística no se fundara en la convención y en la historia común, sino en la propia naturaleza; como si fuera una distinción de naturaleza -phýsei- y no de convención -nómoi- (...) Grandes exploradores, colonizadores, comerciantes y conquistadores, los griegos sintieron curiosamente un desinterés notable por todas las lenguas ajenas, como si la lengua griega fuera el vehículo por excelencia de la razón y la expresión "lógica" de la realidad. "Helenismo" viene de "hellenízein" -hablar griego- (...) Frente a los "bárbaros" los defensores del helenismo consideraban característico de su civilización el amor a la libertad, el afán de saber y el gusto por la belleza y la moderación".

No obstante, sería simplista pensar que los griegos consideraban a los bárbaros como no humanos. Más bien, la idea que sostenían es la de su superioridad cultural respecto a ellos.

En la misma línea platónica antes citada de crítica al etnocentrismo encontramos a Heródoto que, manifiesta una sensibilidad diferente hacia el tema de los otros, y sobre todo respecto a la indiscutida superioridad de la Hélade. Heródoto al que se le suele conocer como "Padre de la Historia" demuestra un talante respetuoso, abierto, tolerante y humanista en sus descripciones de los otros pueblos. Heródoto es contemporáneo de los grandes sofistas -a los que nos referiremos más adelante- y, como ellos, queda fascinado por la inmensa variedad de costumbres y formas de vida que descubre. Heródoto conocía la oposición sofista entre lo universal -phýsis- y lo variable -nómoi-. En Hdto.,III, 38 podemos leer lo siguiente:

"Si a los hombres se les diera a escoger entre todas las costumbres, invitándoles a elegir las más perfectas, cada cuál, después de una detenida reflexión, escogería para sí las suyas"

Y añade el siguiente ejemplo:

"..durante el reinado de Darío, este monarca convocó a los griegos que estaban en su corte y les preguntó por cuanto dinero accederían a comerse los cadáveres de sus padres. Ellos respondieron que no lo harían a ningún precio. Acto seguido, Darío convocó a los indios llamados calatias, que devoran a sus progenitores, y les preguntó, en presencia de los griegos, que seguían la conversación por medio un intérprete, por qué suma consentirían en quemar en una hoguera los restos mortales de sus padres; ellos entonces se pusieron a vociferar, rogándole que no blasfemara. Ésta es, pues, la creencia general; y me parece que Píndaro hizo muy bien al decir que la costumbre es la reina del mundo".

Aristóteles desde una postura bastante conservadora y reaccionaria basada en el prejuicio etnocéntrico de la superioridad helénica, argumenta que la pólis es la comunidad por excelencia ya que es el sistema de organización social que permite al individuo desarrollar al máximo su racionalidad. Frente a la imagen del habitante de la pólis, el bárbaro aparece como atrasado, rudo, rústico, torpe... Apoyándose en estas ideas trató de justificar teóricamente la esclavitud puesto que beneficia a unos y a otros. Incluso comenta que, dada la inferioridad de estos pueblos, son esclavos por naturaleza y la esclavitud era la situación que más les convenía.. Estas ideas tendrán posteriormente una gran influencia en los debates sobre el derecho o no a esclavizar a los indios con el descubrimiento de América.

Por el contrario, los sofistas, en la misma línea de pensamiento que Platón en el texto arriba mencionado y Heródoto mantenían el convencimiento de que la naturaleza humana es universal y frente a ella, se encuentra la enorme variedad de costumbres que pertenecen al ámbito de lo convencional. La cultura aparece, pues, como artificial, convencional. Esa naturaleza humana a la que se refieren es la protagonista de la famosa afirmación de Protágoras del "homo mensura". No hay ninguna instancia superior que permita juzgar la superioridad de unas costumbres sobre otras. Todas ellas son creaciones y por tanto convencionales. Tratar de justificar racionalmente la superioridad de unas u otras sólo conduce a argumentos dobles, como podemos leer en el texto de autor desconocido "De lo bello y lo feo".

Más adelante acabó imponiéndose la idea de unidad del género humano fundamentada en la participación de todos los seres humanos en la razón. Tal idea se desarrolló durante la época helenística y la romana. Aparece claramente expuesta en los escritos de Cicerón. Tal como lo expresa Carlos García-Gual en el libro anteriormente citado:

"Los romanos recogieron de los griegos el impulso civilizador y los mejores logros de su cultura. Al proclamar la idea de una "humanitas" que es patrimonio común de todo hombre civilizado, se alzaban por encima de aquella distinción ya demasiado provinciana, en un momento en que Grecia no era ya el centro del mundo político. Esa "humanitas" recoge la noción de una civilización de ideales y formas culturales próximas a las de la educación o "paideía" helénica, pero ya no es exclusiva de ningún pueblo, sino que ha sido exportada de Grecia y Roma para ser difundida por todo el orbe de la civilización".

 

Así pues, ser bárbaro es ahora desde ésta perspectiva, no estar civilizado. Lo cuál no excluye la posibilidad de llegar a estarlo. Una ética y una cultura superior distinguen al hombre civilizado frente al bárbaro que se caracteriza por su ignorancia ruda y su salvajismo.

Es un cambio de matiz que deja paso al reconocimiento de una naturaleza humana única pero no excluye el prejuicio etnocentrista de que el bárbaro, para dejar de serlo, tenga que renunciar a sí mismo, a lo que lo hace otro.