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NATURALEZA Y CULTURAS

I. DEFINICIONES

  1. Distinguir entre naturaleza y cultura es distinguir entre lo que es innato y lo que es adquirido. La noción de cultura implica cierto trabajo realizado sobre una naturaleza dada, una transformación de la naturaleza susceptible de producir propiedades nuevas o al menos desarrollar cualidades en principio virtuales, actualizar ciertos posibles. Así, la tierra es cultivada, es decir, trabajada, preparada para producir la cosecha. Así, los cuerpos y los espíritus pueden ser cultivados, es decir, sometidos a ejercicios, a aprendizajes diversos con la finalidad de desarrollar sus potencialidades. El término cultura se refiere especialmente a este proceso de formación, de desarrollo (el término alemán correspondiente sería bildung, gebildet, que significa cultivado).
  2. En un sentido sociológico que proviene del alemán kultur y también de autores americanos, se entiende por cultura no tanto el proceso de formación, sino las instituciones, los valores, los modelos de comportamiento que en una sociedad dada forman a los individuos. El término “cultura” se convierte entonces en sinónimo del término civilización (se hablará indistintamente de la cultura esquimal, de la cultura bantú, de la cultura occidental, o bien de la civilización esquimal, de la civilización bantú o de la civilización occidental). Una cultura se define entonces –según la fórmula de Ralph Linton- como “el modo de vida de una sociedad”. El término “cultura” designa un conjunto de hechos sociales, de características correspondientes a tal grupo. Ralph Linton remarca que el término, tomado en este sentido, no comporta “ninguna resonancia laudativa” y se “refiere al modo de vida global de una sociedad… Si por ejemplo se aplica el término a nuestro modo de vida, la cultura no tiene nada que ver con el hecho de tocar el piano o leer a Robert Browning. Para las ciencias humanas tales actividades sólo son elementos de la cultura considerada como una totalidad” . Desde esta perspectiva es, pues, inútil, como aún hacen ciertos autores, distinguir la civilización (que se referiría únicamente a los elementos materiales de la vida social, a los procesos de producción, a las herramientas, a la técnica) y la cultura propiamente dicha, que se referiría a los elementos psicológicos, afectivos, intelectuales, espirituales de la vida social (el derecho, el arte, la religión), puesto que los rasgos materiales y los rasgos espirituales de una sociedad dada están estrechamente unidos. El término cultura puede ser adecuado para referirse al conjunto. Una etnóloga americana, Margaret Mead, escribió que la cultura es “el conjunto de las formas de comportamiento adquiridas por un grupo de individuos unidos por una tradición común, transmitidas por la educación”. La forma de lavar la vajilla, de cocinar, de dormir a los bebés (se ha distinguido entre civilizaciones de cuna y transportadoras, donde el bebé es permanentemente llevado por su madre), la forma de escoger un jefe de gobierno, todo esto forma parte de la cultura.

 

II. CULTURAS Y CULTURA

La ilusión etnocentrista
Si la cultura designa todos los modelos colectivos de existencia de una sociedad cualquiera, no hay entonces ninguna sociedad “inculta”; tal expresión aparece como una contradicción en sus términos- No hay “civilizados” y “salvajes”, sino muchas civilizaciones diferentes.
Cada sociedad, sin embargo, ha tendido siempre a confundir su propia civilización con la civilización, llegando incluso a excluir de la humanidad a las personas que pertenecían a  otras culturas. Los griegos llamaban “bárbaros” a los extranjeros a sus instituciones y, de la misma forma, los occidentales no han visto más que “salvajismo” en las culturas exóticas. Como bien dice Lévi-Strauss,: “Tras estos calificativos se oculta un mismo juicio; es posible que el término bárbaro se refiera etimológicamente a la confusión y a la inarticulación del canto de los pájaros, opuesto al valor significativo del lenguaje humano, y salvaje, que significa “del bosque”, evoque también un cierto tipo de vida animal, por oposición a la cultura humana. En ambos casos, se rechaza admitir el hecho mismo de la diversidad cultural. Se prefiere echar fuera de la cultura, a la naturaleza, todo aquello que no se ajuste a la norma bajo la cuál se vive” . Lévi-Strauss evoca en este sentido la actitud simétrica de españoles e indios tras el descubrimiento de América por Cristóbal Colón. Los españoles designaban comisiones de religiosos para determinar si los indios tenían o no alma, si eran auténticos seres humanos! Por su parte, los indios observaban durante largo tiempo los cadáveres de sus enemigos para verificar si entraban en putrefacción, como los “humanos”. El primer movimiento de cada sociedad cuando entra en contacto con otra es relegar fuera de la “cultura”, es decir, fuera de la humanidad, a los individuos extranjeros a su propia cultura.

El problema de la diversidad de culturas
Esta ilusión “etnocéntrica” cuyos efectos, como se sabe por el curso de la historia, son desastrosos, aporta luz, sin embargo, sobre un hecho paradójico de la mayor importancia. ¿Cómo es posible que los seres humanos, a pesar de que su similitud biológica es evidentemente mucho mayor que las diferencias anatómico-fisiológicas que existen entre las diferentes razas, puedan presentar de un grupo a otro tan grandes diferencias culturales en las costumbres, en las instituciones, en las creencias? Ciertamente, los intercambios son posibles entre culturas. Se puede aprender, por ejemplo, lenguas extranjeras, incluso aquellas más alejadas en el espacio y en el tiempo de la propia. Y es cierto que, muy pronto, los religiosos, los filósofos proclamaron la unidad de la especie humana e incluso la igual dignidad de todos los seres humanos más allá de su sorprendente diversidad cultural, de las considerables diferencias entre civilizaciones. San Pablo afirma, por ejemplo, que Dios ha creado a todos los hombres y que todos han sido redimidos por la sangre de Cristo. Desde entonces no hay ni griegos ni bárbaros, ni judíos ni gentiles. El ideal de la fraternidad universal no admite barreras. Los filósofos, a partir del estoicismo, proclamaron igualmente la unidad, la universalidad y la dignidad de la naturaleza humana. Estos propósitos son sin duda irreprochables, pero la generosidad de esta universalidad no habría de hacernos olvidar el hecho paradójico que precisamente especifica a la condición humana. Mientras que los animales de una especie tienen, aproximadamente, “costumbres” idénticas, el rasgo característico de la humanidad radica precisamente en las considerables diferencias que existen de una “cultura” a otra. Por sus extremadas diferencias culturales, el ser humano, en aquello que tiene de específicamente humano, parece definirse en un plano que no es el de la naturaleza.

III. NATURALEZA ANIMAL Y CULTURA HUMANA

“Herencia” biológica y “herencia” cultural
Mientras que la “naturaleza” de un ser se transmite “par hérédité”, la “cultura” se comunica “par héritage”. El término cultura designa únicamente actitudes, creencias, costumbres, “valores” adquiridos y transmitidos por la educación. La cultura es aquello que se añade a la naturaleza. La refinada organización de la colmena, por ejemplo, no es de ninguna manera una cultura. El complejo comportamiento de las abejas parece surgir inmediatamente de su estructura biológica. Las abejas de las que habla Virgilio en las Geórgicas se comportan exactamente como las abejas actuales. Sin duda todos los seres vivos están sometidos a la evolución, que transforma lentamente las especies en el curso de millones de años, pero sólo el ser humano tiene una historia, pues es a la vez heredero e inventor de la cultura. Crea idiomas, herramientas, religiones, obras de arte, transmitiendo este patrimonio por la palabra, y en los últimos milenios por la escritura, a las generaciones siguientes que, a su vez, no inventan sino en el marco de aquello que han recibido. Jean Rostand expresa magníficamente esta distinción fundamental entre “l’hérédité” biológica y “l’héritage” cultural: “Lo biológico ignora lo cultural. De todo lo que el ser humano ha aprendido, probado, sentido a lo largo de los siglos, nada se deposita en su organismo… Cada generación debe volver a hacer todo el aprendizaje… Aquí reside la gran diferencia entre las civilizaciones humanas y las civilizaciones animales. Jóvenes hormigas aisladas del hormiguero rehacen de golpe un hormiguero perfecto. Pero jóvenes humanos separados de la humanidad no podrían rehacer la edificación de la ciudad humana. La civilización hormiga está inscrita en los reflejos del insecto… La civilización humana está en las bibliotecas, en los museos, en las escuelas y en los códigos; expresa los cromosomas humanos y no se imprime en ellos” .

La naturaleza y las culturas
Observemos en efecto que los instintos biológicamente heredados y, por tanto naturales, carecen en el ser humano de la precisión y la importancia que poseen en la mayor parte de los animales. El ser humano desprovisto de colmillos potentes, de piel espesa, débil y desnudo en la naturaleza, ha recibido en cambio la inteligencia. Como decía Bergson, “la misma insuficiencia de medios naturales de los que dispone el ser humano para defenderse de sus enemigos, del frío, del hambre… adquiere el valor de un documento prehistórico; es el descanso definitivo que el instinto recibe de la inteligencia” , y podríamos añadir el descanso que la naturaleza recibe de la cultura, puesto que si la inteligencia es esencialmente, como dice Bergson, facultad de inventar utensilios, para que ésta aptitud pueda manifestarse es necesario primero que la inteligencia sea “cultivada”, sometida a todo tipo de aprendizajes. El ser humano nace de alguna forma prematuro, incapaz durante muchos años de procurarse su subsistencia. El niño permanecerá así mucho tiempo –mucho más tiempo que cualquier otro animal- bajo la dependencia de otros adultos, especialmente de su familia. Esto es lo que destaca justamente el antropólogo americano Abram Kardiner, la excepcional duración de tal dependencia, así como el carácter incierto y extremamente plástico de los instintos recibidos en el nacimiento (pues ningún comportamiento estrictamente determinado parece aquí fijado por la especie) que explican el predominio de la cultura sobre la naturaleza en las conductas definitivas del ser humano adulto. En estas condiciones, el sistema de valores, las reglas sociales, las conductas aprendidas en cada grupo social, relativo a una larga sucesión de inventos y herencias tiene algo de accidental, de contingente. Hay tantas culturas, civilizaciones, como sociedades distintas. Mientras que aquello que es universal, propio de todos los seres humanos, revela su naturaleza, lleva la marca de las constantes biológicas, todo lo que pertenece a la cultura lleva la marca de lo diverso y lo relativo. Hay muchas religiones, muchas formas de arte, muchos sistemas políticos…; Son las culturas lo que corresponde oponer a la naturaleza. Las leyes naturales pertenecen a la modalidad de lo necesario: no sabríamos sustraernos a ellas, son universales. Las reglas sociales, los ritos a que cada cultura obliga a sus individuos, son contingentes, varían con las civilizaciones. Son las normas de conducta dictadas por el grupo y a las que se incorpora,  las que el individuo desobedece. Lévi-Strauss nos propone precisamente este criterio para distinguir el ámbito de la cultura y el de la naturaleza: “En todas partes donde se manifieste la regla sabremos con certeza que nos hallamos en el ámbito de la cultura. Simétricamente, es muy fácil reconocer en lo universal el criterio de la naturaleza. Pues aquello que es constante en los seres humanos escapa necesariamente del dominio de las costumbres, de las técnicas y las instituciones por las cuales sus grupos se diferencian y se oponen…  Pongamos, pues, que todo aquello que es universal en el ser humano revela el orden de lo natural y se caracteriza por la espontaneidad, y que todo aquello que se somete a una norma pertenece a la cultura y presenta los atributos de lo relativo y lo particular” .

IV. LAS ILUSIONES DEL BIOLOGISMO Y DEL RACISMO

El racismo: La cultura explicada por la naturaleza.
El concepto de “naturaleza humana” es pues confuso y, en cierta forma, ilusorio. En efecto, atribuimos frecuentemente a nuestra “naturaleza” gustos, deseos, comportamientos cotidianos que proceden de hecho de la cultura específica de nuestro grupo. Obedecemos, sin prácticamente pensar en ello a los usos y costumbres de nuestro medio social y lo que es, en realidad, cultural nos parece, equivocadamente casi siempre, natural.
Una ilusión de este tipo caracteriza especialmente a lo que podemos llamar la ideología racista. Se puede constatar que hay diversas civilizaciones y, por otra parte, que existen diversas razas humanas. La noción de raza es probablemente un concepto científico objetivo: las razas son grupos que poseen características biológicas análogas que se transmiten en virtud de las leyes de la herencia. Color de la piel, morfología del cráneo, del cabello, permiten distinguir blancos, mongoloides y negroides. Estas diferencias en el aspecto físico saltan a la vista, así como la diversidad de civilizaciones. Pero es aquí donde se desliza el postulado de los teóricos del racismo: Aunque hay muchas más culturas que razas humanas (las primeras, observa Lévi-Strauss, se cuentan por millares, las segundas por unidades), se intentará explicar la diversidad de culturas por las diferencias naturales. Se pretenderá que las diferencias culturales se expliquen por las diferencias naturales, biológicas. Que hay civilizaciones más brillantes que otras, sería la prueba de la desigualdad biológica de los grupos humanos (Gobineau, Essai sur l’inégalité des races humaines, 1853). Este biologismo tuvo una gran repercusión. En L’homme cet inconnu, Alexis Carrel, titula un capítulo   Clases sociales y clases biológicas, osa escribir: “La distribución de la población de un país en diferentes clases no es efecto del azar ni de convenciones sociales. Tiene una profunda base biológica que depende de las propiedades físicas de los individuos. Aquellos que hoy son proletarios deben su situación a defectos hereditarios de su cuerpo y su espíritu… Los ancestros de los campesinos eran de una constitución orgánica y mental más débil que los señores medievales que conquistaron la tierra y la defendieron contra todos los invasores. Los primeros nacieron siervos, los segundos reyes”.

Crítica del racismo: la cultura transforma la naturaleza.
La naturaleza puramente ideológica de ésta explicación pseudocientífica de la cultura por la naturaleza, de la institución social por los estados biológicos aparece aquí claramente. Se trata –por un proceso inconsciente de mistificación- de justificar los privilegios de las clases dominantes. Si la inferioridad social de los proletarios se explica por una inferioridad biológica, las actuales jerarquías sociales tienen un fundamento natural. Si, por el contrario, la inferioridad de los proletarios es un hecho puramente cultural, es decir, institucional, social, pierde toda su justificación. Lo que la historia ha hecho, la historia puede (y en este caso, debe) deshacerlo. O, en el ejemplo propuesto por Alexis Carrel, podríamos igualmente invertir el orden de los factores en la explicación; no es lo natural lo que explica lo cultural, no es lo biológico lo que explica lo social. Es, por el contrario, lo social lo que explica lo biológico. Y, por ejemplo, la mortalidad de la clase obrera es todavía hoy sensiblemente mayor que la mortalidad en el ámbito de las profesiones liberales; la mortalidad infantil en los obreros es, según todas las estadísticas, superior a la mortalidad infantil en las otras clases sociales. Esto no es signo de ninguna inferioridad natural, sino la consecuencia de condiciones sociales mucho más desfavorables. Como escribe Pierre Sikirdji, “La muerte es una suma. Contabiliza las huellas de todas las aventuras de la vida. Los hechos económicos y sociales se inscriben allí tan visiblemente como las cicatrices del cuerpo” .

Un ejemplo: los negros en Estados Unidos.
Klineberg denuncia, en esta misma línea, ciertos prejuicios racistas .
En los Estados Unidos constatamos, por ejemplo, que el cociente intelectual medio de los negros, medido por los tests, es inferior al cociente intelectual medio de los blancos. De ahí la tentación de explicar la condición social desfavorable, la situación cultural inferior de los negros por una inferioridad natural, biológica de éstos últimos. Pero, mirémoslo de más cerca. En Estados Unidos el cociente intelectual medio de los habitantes (blancos o negros) de los estados del norte es superior al cociente intelectual medio de los habitantes de los estados del sur. Y el cociente intelectual de los negros del norte es estadísticamente superior al cociente intelectual de los blancos del sur. En Nueva Cork, donde negros y blancos frecuentan las mismas escuelas públicas o escuelas de nivel análogo, el cociente intelectual medio de unos y otros no es muy diferente. Los racistas explicaron los buenos resultados de los negros del norte por la teoría de la “migración selectiva”. Serían los negros mejor dotados, los más aptos para aclimatarse a un nuevo medio, quienes emigraron del sur al norte. Pero las encuestas realizadas no verifican esta hipótesis. Muchos negros parten al norte porque son llamados por un pariente o un amigo ya instalado allí. A menudo son los sin trabajo, no los mejor adaptados, sino más bien los que no han tenido éxito, quienes emigran hacia el norte. La explicación de los resultados de los tests debe, pues, ser más sociológica que biológica. Es debido a las mucho mayores posibilidades que ofrece el medio socio cultural de las ciudades del norte y no por las diferencias de aptitudes innatas, por lo que  se explica la superioridad de los negros de Los Ángeles y Nueva York. Los resultados de los negros en los tests de inteligencia alcanzan a los resultados de los blancos en los raros casos donde las condiciones del medio son equivalentes. El factor social y cultural predomina sobre el factor racial para explicar las diferencias de aptitudes de grupos diversos.

Las culturas evolucionan, incluso si la naturaleza biológica no cambia.
En el transcurso de la historia vemos culturas brillantes que declinan y desaparecen sin que las características biológicas que las crearon se modifiquen. Poblaciones durante largo tiempo poco desarrolladas acceden a contrapelo a las civilizaciones brillantes. Pensemos en las brillantes culturas africanas de otros tiempos (el Egipto antiguo, Etiopía previamente al comienzo de la era cristiana, Bénin en el siglo XV) que se hundieron. Cuando no existía más civilización que la mediterránea, habría podido creerse que los hombres rubios del norte eran congénitamente estúpidos. Cuando Julio César invadió en el 52 aC Gran Bretaña y cuando una gran cantidad de indígenas de este país fueron vendidos como esclavos, Cicerón en una carta a su amigo Atticus le desaconseja comprarlos porque estos hombres son estúpidos. Posteriormente el eje de la gran civilización se desplazó hacia el norte sin que los tipos físicos de los diversos pueblos se hubieran modificado. Es la prueba de que el desarrollo de una civilización no significa superioridad biológica de tal o tal otro grupo de seres humanos.

Los “niños salvajes”
Podríamos multiplicar los ejemplos de esta ilusión biológica que constantemente hace subestimar la importancia del factor socio-cultural. Uno de los casos más utilizados el de los “niños salvajes”, es decir, niños que han vivido sus primeros años –en ocasiones, adoptados por lobos- fuera de toda sociedad humana. La observación de estos niños, tardíamente reintroducidos en la sociedad, ha dado lugar, en efecto, a interpretaciones muy significativas. Escogeremos entre múltiples casos, no todos bien documentados, dos casos incontestables. En 1920 se encontraron en la India, durante una caza de lobos, dos niñas que junto a los demás lobeznos, defendieron la guarida tras la muerte de la loba. Una tenía una edad de unos dos años y murió muy rápidamente, la otra, de unos ocho años, vivió unos diez años más todavía. Tenía grandes callosidades en la palma de las manos, en los codos, las rodillas. Imitaba el jadeo de los lobos, huía de la luz y veía perfectamente en la oscuridad. Necesitó diez meses de permanencia en el orfanato de Midnapore para aprender a tender la mano, un año para tenerse de pie, cinco años para aprender a utilizar algunas decenas de palabras. Se puede comparar este caso de la pequeña Kamala con el caso de Víctor, un niño de unos diez años, cogido por unos cazadores cerca de un pueblo de la comarca francesa de Aveyron en 1800. Le llevaron a París donde fue examinado por el psiquiatra Pinel. Como más tarde Kamala, el “salvaje de Aveyron” no reconocía su imagen en el espejo (buscando qué se escondía tras el espejo), intentaba huir, se mostraba indiferente a los malos olores y su garganta no emitía más que un único sonido. El psiquiatra Pinel (y aquí volvemos a encontrar el prejuicio biológico) declaró en su informe que el “salvaje de Aveyron” era un idiota de nacimiento y sin duda fue abandonado por este motivo en el bosque desde su más tierna infancia. Efectivamente, el estado del sujeto se asemejaba al de un retrasado profundo. Evocaba en la observación de Pinel todos aquellos idiotas constitucionales que a lo largo de su carrera había examinado en su servicio de Bicêtre. Pero la cuestión es aquí conocer las causas de este retraso. ¿Se trataba de una deficiencia natural? ¿No haría falta invocar en este caso la vida cultural, la ausencia de toda educación, de todo contacto con algún sujeto de la sociedad de sus semejantes durante sus primeros años? Esta última solución fue la de Itard. Itard, jefe médico de la Institución de sordomudos en París, era discípulo de Condillac. Condillac rechazaba la noción de naturaleza humana y pensaba que el ser humano era siempre el producto de alguna cultura. En su lenguaje, matenía que no existen “ideas innatas” sino que el pensamiento, por el encadenamiento de las sensaciones y por el aprendizaje de los signos es únicamente lo que su educación le hace ser. Itard, en su informe de 1807, pudo hacer constar los progresos reales conseguidos por Víctor bajo su dirección. El joven había aprendido a disciplinar su atención, a leer y a escribir con mucha dificultad algunas palabras. Despertaron en él sentimientos como la rabia o la vergüenza. Los progresos de Víctor, como los de Kamala, fueron muy modestos. Pero fue sin duda porque el aprendizaje de la palabra, de las actitudes sociales tuvieron lugar muy tarde, tras un periodo de regresión cuyos efectos no pudieron ser compensados. Hay que reconocer, sin embargo, que el nivel alcanzado por Víctor o Kamala al final de su vida sobrepasaba ampliamente al del “idiota constitucional”… Mientras que un animal, aislado de sus semejantes tras su nacimiento, posee la mayor parte de sus instintos y actitudes específicas, un ser humano privado de todo entorno cultural no es del todo un “ser humano en estado natural”, sino un monstruo, un ser desnaturalizado, pues no hay naturaleza humana fuera de la cultura.
Como decía Itard: “Si pudiéramos resolver éste problema metafísico: determinar cuales serían el grado de inteligencia y la naturaleza de las ideas de un adolescente que, privado desde su infancia de toda educación, hubiera vivido enteramente separado de su especie… el cuadro moral de este adolescente, sería el del salvaje de Aveyron”. La naturaleza humana es únicamente virtualidad, una simple “potencia”, por hablar como Aristóteles, que la formación, la propia cultura de tal medio social “actualizarían” en uno u otro sentido.

     VERGEZ, HUISMAN Nouveau “cours de philo” L’homme et le monde. Ed. Fernand Nathan 1980.

 

Ralph LINTON, Le fondement culturel de la personalité (trad. Andrée Lyotard, Dunod, Paris, 1959).

Claude LÉVI-STRAUSS, Race et histoire, Ed. Gonthier, Paris, 1968.

J.ROSTAND, Pensées d’un biologiste (Stock)

BERGSON, Évolution créatrice (P.U.F.)

LÉVI-STRAUSS, Les structures élémentaires de la parenté.

P. SIKIRDJI, Les Cahiers rationalistes, Novembre 1969, nº 268)

KLINEBERG, Race et psychologie (Publications de l’Unesco)