RAZA Y CULTURA

Claude Lévi-Strauss

[Nota: la digitalización se ha realizado a partir de la edición Claude Lévi-Strauss, Raza y cultura,
Altaya, Madrid, 1999, pp. 105-142.]

No le corresponde al etnólogo tratar de decir lo que es o no una raza, porque los especialistas de
la antropología física, que lo vienen discutiendo desde hace casi dos siglos, jamás se han puesto de
acuerdo, y nada indica que estén hoy más cerca de hacerlo respecto a una respuesta sobre la cuestión.
Ellos nos enseñaron, recientemente, que la aparición de homínidos, por otra parte muy diferentes,
se remonta a tres o cuatro millones de años o más; es decir, un pasado tan lejano que jamás se sabrá
lo suficiente como para decidir si los distintos tipos cuyos esqueletos se van encontrando fueron
simplemente presas unos de otros o si en ellos existió también entrecruzamiento. Según ciertos antropólogos,
la especie humana debió de dar nacimiento demasiado pronto a las subespecies diferenciadas,
entre las cuales se produjeron, en el curso de la prehistoria, intercambios y cruces de todas
clases: la persistencia de algunos rasgos antiguos y la convergencia de otros recientes se habrían
combinado para obtener la diversidad que se observa hoy entre los hombres. Otros estiman, por el
contrario, que el aislamiento genético de grupos humanos apareció en una fecha mucho más reciente,
que fijan hacia el fin del pleistoceno. En ese caso, las diferencias observables no podrían haber resultado
de las separaciones accidentales entre los rasgos desprovistos de valor adaptativo, capaces de
mantenerse indefinidamente en las poblaciones aisladas; más bien provendrían de diferencias locales
entre los factores de selección. El término de raza, o cualquier otro término con el cual se quisiera
sustituirlo, designaría por lo tanto una población o un conjunto de poblaciones diferentes de otras por
la mayor o menor frecuencia de ciertos genes.
En la primera hipótesis, el carácter de raza se pierde en tiempos tan antiguos que es imposible
conocer nada sobre ella. No se trata de una hipótesis científica, es decir, verificable aun indirectamente
por sus consecuencias lejanas, sino de una afirmación categórica con valor de axioma que podría
considerarse absoluto; porque sin ella se estima imposible evaluar las diferencias actuales. Esa
ya era la doctrina de Gobineau, a quien se le atribuyó la paternidad del racismo, aunque él tenía perfecta
conciencia de que las razas no eran fenómenos observables. Las postulaba solamente como las
condiciones previas de la diversidad de las culturas históricas, que le parecía inexplicable de otro
modo, reconociendo no obstante, que los pueblos que habían desarrollado esas culturas eran resultado
de mezclas entre grupos humanos que, a su vez, habían surgido de otras mezclas. El intento de remitir
las diferencias raciales a los orígenes nos priva, de hecho, de saber nada, y entonces es cuando
se discute, en efecto, la diversidad de las culturas en lugar de la diversidad de las razas.
En la segunda hipótesis se plantean otros problemas. Por lo pronto, todas las dosificaciones genéticas
variables a las cuales se hace referencia comúnmente cuando se habla de razas corresponden
a caracteres bien visibles: talla, color de la piel, forma del cráneo, tipo de cabellera, etc. Suponiendo
que esas variaciones fueran concordantes entre sí —lo que está lejos de ser cierto—, nada prueba
que concuerden también con otras variaciones, comprendiendo caracteres no inmediatamente perceptibles
por medio de los sentidos. Sin embargo, unos no son menos reales que los otros, y es perfectamente
concebible que los segundos tengan una o más distribuciones geográficas totalmente diferentes
de los precedentes y diferentes entre sí —de suerte que, según los caracteres conservados,
podrían descubrirse «razas invisibles» dentro de las razas tradicionales— o que recuperasen las fronteras
ya inciertas que se les asigna. En segundo lugar, ya que en todos los casos se trata de dosificaciones,
los límites que se les fijan son arbitrarios. En efecto, estas dosificaciones aumentan o disminuyen
por gradaciones insensibles, y el umbral que se instituye aquí o allá depende de los tipos de
fenómenos que el encuestador elige retener para clasificarlos. En un caso, en consecuencia, la noción
de raza se torna tan abstracta que se aparta de la experiencia y deviene una forma de suposición lógica
que permite seguir una línea segura de razonamiento. En el otro caso, se adhiere hasta tal punto
a la experiencia que se disuelve, ya no se sabe de qué se habla. No es nada sorprendente que gran número
de antropólogos renuncien pura y simplemente a utilizar esta noción.
En verdad, la historia de la noción de raza se confunde con la búsqueda de rasgos desprovistos
de valor adaptativo. ¿Pues, cómo pudieron éstos, si no, haberse mantenido intactos a través de los
milenios, cómo podrían testimoniar hoy un pasado tan lejano si no sirven para nada, ni para bien ni
para mal, por lo que, en consecuencia, su presencia sería totalmente arbitraria? Pero la historia de la
noción de raza es también la de los ininterrumpidos sinsabores soportados durante esta búsqueda.
Todos los rasgos sucesivamente invocados para determinar las diferencias raciales se han visto, unos
después de otros, ligados a fenómenos de adaptación, aun cuando a veces las razones de su valor selectivo
se nos escapen. Es el caso de la forma del cráneo, de la cual sabemos que tiende a redondearse
por todas partes, y también del color del la piel, que en las poblaciones establecidas en las regiones
templadas se aclara por selección para compensar la insuficiencia de los rayos solares y permitir
así que el organismo se defienda mejor contra el raquitismo. Entonces las observaciones se encauzaron
hacia los grupos sanguíneos, de los cuales se comienza a sospechar que tampoco estarían
desprovistos de valor adaptativo: tal vez funciones de factores nutricionales o consecuencias de la diferente
sensibilidad de sus portadores, a enfermedades como la viruela o la peste. Y es probable que
lo mismo haya sucedido con las proteínas del suero sanguíneo.
Si este descenso a lo más profundo del cuerpo se revela decepcionante, ¿tendremos más posibilidades
si intentamos remontarnos hasta las primeras apariciones de la vida de los individuos? Los antropólogos
han querido captar las diferencias que podrían manifestarse desde el instante del nacimiento
entre bebés asiáticos, africanos y norteamericanos; estos últimos de raza blanca o negra. Y
parece que tales diferencias existen, que conciernen al comportamiento motor y al temperamento1.
Sin embargo, aun en un caso de apariencia tan favorable para efectuar la prueba de las diferencias
raciales, los encuestadores se hallan desarmados. Existen dos razones para ello. En primer lugar,
si estas diferencias son innatas, parecen muy complejas para estar ligadas cada una a un solo gen, y
los genetistas no disponen actualmente de métodos seguros para estudiar la transmisión de los caracteres
debidos a la acción combinada de diversos factores. En la mejor de las hipótesis, deben contentarse
con establecer medios estadísticos que no agregarían nada a aquellos que parecen por otro lado
insuficientes para definir una raza con cierta precisión. En segundo lugar, y sobre todo, nada prueba
que estas diferencias sean innatas y que ellas no resulten de condiciones de vida intrauterina que provienen
de la cultura, ya que, según las sociedades, las mujeres encintas no se alimentan ni se comportan
de la misma manera. A lo que se agrega, en lo que respecta a la actividad motriz de niños muy
pequeños, las diferencias también culturales que pueden resultar de dejarlos en la cuna durante largas
horas o de estar continuamente en brazos contra el cuerpo de la madre, donde experimentan, así, los
movimientos de las diversas maneras de ser alzados, cuidados y alimentados... Que estas razones podrían
ser las únicas operantes surge del hecho de que las diferencias observadas entre bebés africanos
y norteamericanos son incomparablemente mayores que entre estos últimos, sean blancos o negros;
en efecto, los bebés norteamericanos, cualquiera que fuese su origen racial, son educados más o menos
de la misma manera.
El problema de las relaciones entre raza y cultura estaría, pues, mal planteado si uno se limitase
a enunciarlo de ese modo. Sabemos qué es una cultura, pero no sabemos qué es una raza, y quizá no
sea necesario saberlo para tratar de responder a la pregunta que encabeza el título dado a esta conferencia.
En verdad, se ganaría si se formulara esta pregunta de una manera tal vez más complicada,
pero al mismo tiempo más ingenua.
Existen diferencias entre las culturas, y algunas, que difieren de otras más de lo que ellas parecen
diferir entre sí —al menos para una mirada ajena y no avezada—, son el atributo de pueblos que
difieren de otros pueblos también por su aspecto físico. Por su parte, estos últimos estiman que las
diferencias entre sus respectivas culturas son menos pronunciadas que aquellas que prevalecen entre
ellas y las culturas de las primeras poblaciones. ¿Existe una relación concebible entre sus diferencias
físicas y sus diferencias culturales? ¿Se pueden explicar y justificar éstas sin mencionar aquéllas? Tal
es, en suma, la pregunta a la cual se me pide que trate de dar una respuesta. Pues bien, eso es imposible
por las razones que ya he expresado y de las cuales la principal se refiere al hecho de que los genetistas
se declaran incapaces de unir de una manera plausible conductas muy complejas, como las
que pueden conferir sus caracteres distintivos a una cultura, a factores hereditarios determinados y
localizados, que la investigación científica pueda captar ahora o en un futuro previsible. Conviene,
pues, restringir aún más la pregunta, que formularé como sigue: ¿La etnología se siente capaz por sí
1 Current Directions in Anthropology (Bulletin of the American Anthropological Association), vol. 3,
núm. 3 (1970), parte 2, pág. 106; Kilbride, J. E., Robbins, M. C. y Kilbride, Ph. L., «The Comparative
Motor Development of Baganda, American White and American Black infants», American Anthropologist,
vol. 72, núm. 6 (1970).
sola de explicar la diversidad de las culturas? ¿Puede lograrlo sin recurrir a factores que escapan a su
propia racionalidad, sin por eso prejuzgar su naturaleza última que no le corresponde decretar como
biológica? Todo lo que podríamos decir sobre el problema de las relaciones eventuales entre la cultura
y esa «otra cosa», que no sería del mismo orden que ella, es —parafraseando una fórmula célebre
— que no tenemos necesidad de tal hipótesis.
Aun así, podríamos atenernos a la mejor parte, y simplificar en exceso. Tomada solamente como
tal, la diversidad de las culturas no ofrecería problemas fuera del hecho objetivo de ser una diversidad.
Nada impide, en efecto, que las culturas diferentes coexistan y que prevalezcan entre ellas relaciones
relativamente pacíficas, de las que la experiencia histórica prueba que pueden tener fundamentos
diferentes. Periódicamente cada cultura se afirma como la única verdadera y digna de ser vivida;
ignora las otras; las niega incluso como culturas. La mayoría de los pueblos que llamamos primitivos
se autodenominan con un nombre que significa «los verdaderos», «los buenos», «los excelentes
» o, simplemente, «los hombres», y aplican a los demás calificativos que les niegan la condición
humana, como «monos de tierra» o «huevos de piojo». Sin duda, la hostilidad, a veces aun la
guerra, puede extenderse de una cultura a otra; pero se trata, sobre todo, de vengar injurias, de capturar
víctimas destinadas al sacrificio, de robar mujeres o bienes: costumbres que nuestra moral reprueba,
pero que no llegan jamás, salvo en escasas excepciones, a la destrucción de una cultura
como tal o a su sojuzgamiento, pues no se le reconoce una realidad positiva. Cuando el gran etnólogo
alemán Curt Unkel, más conocido con el nombre de Nimuendaju que le habían conferido los indígenas
del Brasil y a quienes consagró su vida, volvía a las poblaciones indígenas después de una larga
permanencia en un centro civilizado, sus huéspedes lloraban al pensar en los sufrimientos que él
debía de haber soportado lejos del único lugar —pensaban ellos— en el cual la vida valía la pena ser
vivida. A su manera, esta profunda indiferencia hacia las demás culturas era una garantía para poder
existir con sus usos y costumbres.
Pero se conoce también otra actitud —complementaria de la precedente o, en todo caso, que no
la contradice— por la cual el extranjero goza del prestigio de lo exótico y encarna la posibilidad,
ofrecida por su presencia, de extender los lazos sociales. De visita en una familia, será elegido para
dar nombre al recién nacido, e incluso las alianzas matrimoniales tendrán más valor si se concretan
con grupos alejados. En otro orden de ideas, se sabe que, mucho antes del contacto con los blancos,
los indios flathead establecidos en las Montañas Rocosas se sintieron tan interesados por aquello que
habían oído decir de los blancos y de sus creencias que no dudaron en enviar expediciones sucesivas
a través de los territorios ocupados por tribus hostiles para estrechar relaciones con los misioneros
residentes en Saint-Louis, Misuri. Mientras las culturas se consideran simplemente diferentes, pueden
ignorarse voluntariamente o sentirse interlocutores de un diálogo deseado. En un caso o en el
otro, a veces se amenazan e incluso se atacan, pero sin poner verdaderamente en peligro sus respectivas
existencias. La situación se torna completamente diferente cuando la noción de una diversidad
reconocida de una y otra parte se sustituye en una de ellas por el sentimiento de superioridad fundado
en comparaciones de fuerza y cuando el reconocimiento positivo o negativo de la diversidad de
culturas da lugar a la afirmación de su desigualdad.
Por lo tanto, el verdadero problema, no es aquel que coloca sobre el plano científico el lazo
eventual que podría existir entre el patrimonio genético de ciertos pueblos y sus resultados prácticos,
de los que extraen argumentos para pretender la superioridad. Pues, aunque los antropólogos físicos
y los etnólogos estén de acuerdo en reconocer que el problema es insoluble y firmen conjuntamente
un acta de insolvencia antes de saludarse cortésmente y separarse al constatar que no tienen nada que
decirse2, no es menos cierto que los españoles del siglo XVI se juzgaban y mostraban superiores a
los mexicanos y a los peruanos porque poseían embarcaciones capaces de transportar soldados, caballos,
corazas y armas de fuego a través del océano, y que, siguiendo el mismo razonamiento, el europeo
del siglo XIX se proclamaba superior al resto del mundo debido a la máquina de vapor y algunas
otras proezas técnicas de las que podía valerse. Que lo fuera efectivamente en todos los aspectos y en
el más general, del saber científico que nació y se desarrolló en Occidente parece menos discutible
que el hecho de que, salvo raras y preciosas excepciones, los pueblos sometidos por Occidente u
obligados por él a seguirlo hayan reconocido su superioridad y, una vez conquistada y asegurada su
independencia, se hayan puesto como meta alcanzar lo que ellos mismos consideran como un retraso
en la línea de un desarrollo común.
2 Benoist, K., «Du social au biologique; études de quelques interactions», L'Homme, revue française
d'anthropologie, t. 6, núm. 1 (1966).
Del hecho de que esta superioridad relativa existe —lo que fue afirmado en un lapso notablemente
corto— no se podría inferir que revele aptitudes fundamentales distintas, ni sobre todo, que
sea definitiva. La historia de las civilizaciones muestra que, a través de los siglos, cada una pudo brillar
con un resplandor particular. Pero no fue necesariamente en la línea de un desarrollo único y
siempre orientado en el mismo sentido. Después de algunos años, Occidente se abre a la evidencia
de que sus inmensas conquistas en ciertos dominios arrastraron pesadas contrapartidas; a tal punto
que llega a preguntarse si los valores a los cuales ha debido renunciar para asegurarse el goce de
otros no hubieran merecido ser más respetados. La idea, hace poco predominante, de un avance continuo
a lo largo de una ruta en la cual sólo Occidente habría quemado etapas, mientras que las otras
sociedades habrían quedado atrás, es sustituida por la noción de elección en direcciones diferentes,
en que cada una se expone a perder sobre uno o varios campos lo que quiso ganar en los otros. La
agricultura y el sedentarismo desarrollaron prodigiosamente los recursos alimentarios y, en consecuencia,
permitieron que la población humana se acrecentara; el resultado es la expansión de enfermedades
infecciosas, que tienden a desaparecer cuando la población es demasiado reducida para
mantener los gérmenes patógenos. Entonces se puede decir que —sin duda ignorándolo— los pueblos
que se transformaron en agricultores eligieron ciertas ventajas al precio de inconvenientes de los
que aquellos que permanecieron como cazadores y recolectores están más protegidos: su tipo de vida
impide que las enfermedades infecciosas se propaguen de hombre a hombre y de los animales domésticos
al mismo hombre; pero naturalmente, al precio de otros inconvenientes.
La creencia en la evolución unilineal de formas vivientes apareció en la historia de la filosofía
social mucho antes que en la biología. Pero fue de la biología, de la que en el siglo XIX recibió un
refuerzo que le permitió reivindicar una categoría científica, al mismo tiempo que esperaba así conciliar
el hecho de la diversidad de las culturas con la afirmación de su desigualdad. Tratando los diferentes
estados observables de las sociedades humanas como si ellos ilustraran las fases sucesivas de
un desarrollo único, se pretendía, a falta de lazos causales entre la herencia biológica y las realizaciones
culturales, establecer entre los dos órdenes una relación que sería, por lo menos, analógica y que
favorecería las mismas evaluaciones morales con las que los biólogos se sentirían autorizados a describir
el mundo de la vida, siempre creciente en el sentido de mayor diferenciación y mayor complejidad.
Sin embargo, un notable retroceso debía producirse entre los biólogos mismos —el primero de
una serie que se tratará en el curso de esta exposición—. Al mismo tiempo que los sociólogos invocaban
la biología para descubrir, detrás de los azares inciertos de la historia, el esquema más rígido y
más inteligible de una evolución, los biólogos mismos se percataban de que lo que habían tomado
por una evolución sometida a algunas leyes simples encubría, en realidad, una historia muy complicada.
La noción de «trayecto» que las diversas formas vivientes debían siempre recorrer en el mismo
sentido, unas a continuación de las otras, en biología se sustituyó primero por la de «árbol», permitiendo
establecer entre las especies relaciones no de primazgo sino de filiación, porque éstas se aseguraban
cada vez menos, a medida que las formas de evolución se revelaban a veces divergentes,
pero otras también convergentes; luego, el «árbol» se transformó en «enrejado», figura cuyas líneas
se unen tan a menudo como se separan, de manera que la descripción histórica de estos avances enmarañados
viene a reemplazar los diagramas demasiado simplistas en los que se creía poder fijar una
evolución cuyas modalidades son, por el contrario, múltiples, diferentes por el ritmo, el sentido y los
efectos. Ahora bien, también la etnología es inducida a una visión análoga, en cuanto un conocimiento
directo de las sociedades más diferentes de la nuestra permita apreciar las razones de existir que se
han dado, en lugar de juzgarlas y condenarlas por razones que no son las suyas. Una civilización que
se propone desarrollar sus propios valores parece no poseer ninguno, para un observador formado
por la suya a reconocer valores muy diferentes. Piensa que solamente en la suya ocurre algo, que
sólo su civilización detenta el privilegio de una historia en la que suceden acontecimientos constantemente,
unos tras otros. Para él, no hay otra historia que ofrezca un sentido, tomando este término
en la doble acepción de significar y de tender hacia un fin. Cree que en todos los otros casos la historia
no existe: a lo sumo, marca el paso en el mismo lugar.
Pero esta ilusión es comparable a la que sufren los ancianos en el seno de su propia sociedad,
que es la misma, por otra parte, de la de los adversarios de un nuevo régimen. Excluidos de los asuntos
por la edad o por elección política, sienten que la historia de una época en la que no están ya activamente
comprometidos se estanca, a diferencia de los jóvenes y de los militantes, aspirantes al poder,
que viven con fervor este periodo en el que para los demás los acontecimientos se ven de algún
modo inmovilizados. La riqueza de una cultura, o del desarrollo de una de sus fases, no existe a título
de propiedad intrínseca, sino en función de la situación en la cual se encuentra el observador en
relación con ella: del número y de la diversidad de los intereses que le otorga. Tomando prestada otra
imagen, uno podría decir que las culturas semejan trenes que circulan más o menos rápidamente
cada uno sobre su propia vía y en diferente dirección. Aquellos que lo hacen en la misma que la
nuestra se nos presentan de manera más duradera y podemos observar con detenimiento el tipo de
vagones y la fisonomía y la mímica de los pasajeros a través de los vidrios de nuestros respectivos
compartimentos. Pero, si sobre otra vía oblicua o paralela, un tren pasa en sentido contrario, no percibimos
más que una imagen confusa y que desaparece al instante, apenas identificable, a menudo
reducida a una bruma momentánea en nuestro campo visual, que no nos brinda ninguna información
sobre el acontecimiento mismo y sólo nos irrita porque interrumpe la contemplación plácida del paisaje
que servía de telón de fondo a nuestros ensueños.
Ahora bien todo miembro de una cultura es tan estrechamente solidario con ella como aquel pasajero
ideal lo es de su tren. Desde el nacimiento y probablemente incluso antes —acabo de mencionarlo—,
los seres y las cosas que nos rodean adquieren en cada uno de nosotros un conjunto de referencias
complejas que forman un sistema; conductas, motivaciones, juicios implícitos que después la
educación viene a confirmar por la vía reflexiva que ella nos propone el devenir histórico de nuestra
civilización. Nos desplazamos literalmente con ese sistema de referencia y los conjuntos culturales
que se forman alrededor de él no nos son perceptibles más que a través de las deformaciones que les
imprime. Puede incluso incapacitarnos para verlos.
Lo precedente se puede comprobar por el significativo cambio de actitud que se produjo recientemente
entre los genetistas al observar los pueblos llamados primitivos y aquellos cuyas costumbres
repercuten directa o indirectamente sobre su demografía. Durante siglos, sus costumbres, que consisten
en reglas de casamiento extrañas; en prohibiciones arbitrarias, como aquella que sanciona las relaciones
sexuales entre los esposos mientras la madre amamanta al recién nacido —a veces hasta la
edad de tres o cuatro años—; en privilegios poligámicos a beneficio de los jefes o de los ancianos, o
incluso en usos que nos sublevan, como el infanticidio, aparecen desprovistas de significación y de
alcance y sólo adecuadas para ser descritas e inventariadas como tantos ejemplos de singularidades y
caprichos de los que la naturaleza humana es capaz, o aun cabría decir culpable. Fue necesario que
una nueva ciencia tomase forma, alrededor de 1950, con el nombre de genética de las poblaciones,
para que todas sus costumbres, rechazadas como absurdas o criminales, adquirieran sentido para nosotros
y nos desvelaran sus razones.
Un número reciente de la revista Science aportó al conocimiento de un público más vasto el resultado
de las investigaciones llevadas a cabo después de muchos años por el profesor J. V. Neel y
sus colaboradores sobre diversas poblaciones destacadas entre las más preservadas de América tropical.
Sus investigaciones son, además, confirmadas por otras realizadas independientemente en Sudamérica
y en Nueva Guinea3.
Tendemos a considerar que las pretendidas «razas» más alejadas de la nuestra son también las
más homogéneas: para un blanco todos los hombres de raza amarilla se parecen, y lo recíproco probablemente
también sea válido. La situación real sería mucho más compleja, puesto que si los australianos,
por ejemplo, parecen morfológicamente homogéneos sobre toda la extensión del continente4
pudieron descubrirse diferencias considerables en ciertas frecuencias genéticas de numerosas tribus
sudamericanas que viven en la misma área geográfica, y estas diferencias son casi tan grandes en
las aldeas de una misma tribu como entre tribus distintas por su lengua y su cultura. A la inversa de
lo que se podría creer, la tribu en sí no constituye, pues, una unidad biológica. ¿Cómo se explica ese
fenómeno? Sin duda por el hecho de que las nuevas aldeas se constituyen según un doble proceso de
fisión y de fusión: en primer lugar, una progenie familiar se separa de su linaje genealógico y se establece
aparte; más tarde, grupos de individuos emparentados entre sí se les reúnen y vienen a compartir
el nuevo hábitat. Los conjuntos genéticos que se constituyen así difieren mucho más entre sí que
si fuesen el efecto de reagrupamientos operados al azar.
De ello resulta una consecuencia; si las aldeas de una misma tribu consisten en formaciones genéticas
diferenciadas al comienzo, viviendo cada una en un aislamiento relativo y en competencia
objetiva unas respecto de las otras, por el hecho de que poseen una tasa de reproducción desigual, re-
3 Neel, J. V., «Lessons from a "Primitive" People», Science, núm. 170 (1970); Gilles, E., «Culture and Genetics
»; Johnston, F. E., «Genetic Anthropology. "Some Considerations"», en Current Directions in Anthropology,
op. cit.
4 Abbie, A. A., «The Australian Aborigine», Oceania, vol. 22 (1951): «Recent Field-Work on the Physical
Anthropology of Australian Aborigines», Australian Journal of Science, vol. 23 (1961).
construyen un conjunto de condiciones bien conocido por los biólogos como favorable a una evolución
incomparablemente más rápida que aquella que se observa en general en las especies animales.
Ahora bien, sabemos que la evolución que condujo a los últimos homínidos fósiles al hombre actual,
comparativamente hablando, fue muy rápida. Por más que se admita que las condiciones observables
en ciertas poblaciones atrasadas ofrecen, por lo menos en ciertos aspectos, una imagen aproximada a
aquellas en las que vivió la humanidad en un pasado remoto, se debe reconocer que esas condiciones,
que nos parecen miserables, eran las más apropiadas para hacer de nosotros lo que hemos llegado
a ser y que siguen siendo las más capaces de mantener la evolución humana en el mismo sentido
y de conservarle su ritmo, mientras que las enormes sociedades contemporáneas, en donde los cambios
genéticos ocurren de otra manera, tienden a frenar la evolución o a imponerle otras orientaciones.
Esas investigaciones han demostrado también que entre los supuestos salvajes, la mortalidad infantil,
por una parte, y la debida a las enfermedades infecciosas, por otra —si uno se limita, entiéndase
bien, a tribus exentas de contaminación exterior—, están lejos de ser tan grandes como se tendería
a creer. No pueden, entonces, dar cuenta de un débil crecimiento demográfico, que proviene
más bien de otros factores: espaciamiento voluntario de los nacimientos correspondientes a la duración
prolongada del amamantamiento y a las prohibiciones sexuales, práctica del aborto y del infanticidio,
de suerte que, durante su periodo fecundo, una pareja engendra en término medio cada cuatro
o cinco años. Por más odioso que nos haya llegado a parecer el infanticidio, no difiere fundamentalmente,
como método de control de nacimientos, de la tasa elevada de mortalidad infantil que prevaleció
en las sociedades «ricas» y aún prevalece en algunas, y a los métodos anticonceptivos cuyo
empleo nos parece hoy necesario para ahorrar a millones o a millares de individuos, expuestos al nacimiento
en un planeta superpoblado, una suerte no menos lamentable que aquella que les evita una
eliminación precoz.
Como muchas otras por el mundo, las culturas donde se efectuaron las investigaciones que acabo
de comentar hacen de la pluralidad de esposas una prima al éxito social y a la longevidad. De ahí
resulta que, si todas las mujeres tienden a tener aproximadamente el mismo número de hijos por las
razones precedentemente indicadas, los nombres, según el número de sus esposas, tendrán tasas de
reproducción que variarán considerablemente. Y variarán más aún si, como lo observé hace tiempo
entre los indios tupi-kawahilo que viven en la cuenca del río Madeira, una potencia sexual fuera de
lo común forma parte de los atributos con los cuales se reconoce a un jefe que, en esa pequeña sociedad
de unas quince personas, ejerce una especie de monopolio sobre todas las mujeres núbiles del
grupo y sobre aquellas en vías de serlo.
En esos grupos, la jefatura no es siempre hereditaria y, cuando lo es, ocurre con una gran amplitud
de elección. Cuando permanecí hace más de treinta años entre los nambicuara, cuyas pequeñas
bandas seminómadas tenía cada una un jefe designado por asenso colectivo, me sorprendió que, fuera
del privilegio poligámico, el poder aportaba menos ventajas que cargas y responsabilidades. Para
querer ser jefe o, más a menudo, ceder a las solicitaciones del grupo, era necesario poseer un carácter
fuera de lo común, y tener no sólo las aptitudes físicas requeridas, sino el gusto por los negocios públicos,
el espíritu de iniciativa y el sentido de mando. Cualquiera que sea la opinión que uno se pueda
formar de tales dotes o la mayor o menor simpatía que inspiren, no es menos cierto que tienen, directa
o indirectamente, un fundamento genético y la poligamia favorecerá su perpetuación. En efecto,
las encuestas sobre poblaciones análogas han mostrado que un polígamo tiene más hijos que los
otros, lo que permite que sus hijos varones dispongan de sus hermanas o medio hermanas para intercambiárselas
con miembros de otras progenies para obtener esposas; de manera que se puede decir
que la poligenia engendra la poligenia. Por ello, ciertas formas de selección natural se encuentran estimuladas
y fortalecidas.
Si se dejan de lado una vez más las enfermedades infecciosas introducidas por los colonizadores
o los conquistadores cuyos espantosos estragos se sabe que causaron a veces la eliminación de poblaciones
enteras en el lapso de algunos días o algunas semanas, los pueblos llamados primitivos parecen
gozar de una inmunidad notable con respecto a sus propias enfermedades endémicas. Este fenómeno
se explica por la gran intimidad del pequeño con el cuerpo de su madre y con el medio ambiente.
Esta exposición precoz a toda clase de gérmenes patógenos aseguraría una transición más fácil
de la inmunidad pasiva —adquirida de la madre durante la gestación— a la inmunidad activa, es
decir, desarrollada por cada individuo después del nacimiento.
Hasta ahora sólo he considerado los factores de equilibrio interno tanto de orden demográfico
como sociológico. A lo que es necesario agregar esos vastos sistemas de ritos y de creencias que pueden
parecemos supersticiones ridículas, pero que tienen por efecto conservar al grupo humano en
equilibrio con el medio natural. Que una planta sea considerada como un ser respetable que no se
arranca sin un motivo legítimo y sin haber previamente apaciguado su espíritu con ofrendas; que los
animales que se cazan para alimentarse sean colocados, según su especie, bajo la protección de otras
tantas entidades sobrenaturales que castigan a los cazadores culpables de abuso, por haber tomado
porciones excesivas o por no haberlas compartido con las mujeres y los jóvenes; que impere, en fin,
la idea de que los hombres, los animales y las plantas disponen de un capital común de vida, de manera
que todo abuso cometido a costa de una especie se traduce necesariamente, en la filosofía indígena,
en una disminución de la esperanza de vida de los hombres mismos, son otros tantos testimonios
ingenuos, pero sumamente eficaces, de un humanismo sabiamente concebido que no comienza
por sí mismo, sino que le otorga al hombre un lugar razonable en la naturaleza, en vez de instituirse
como dueño y depredador, sin atender siquiera a las necesidades y a los intereses más evidentes
de los que vendrán después de él.
Sería necesario que nuestro conocimiento evolucionase y que tomásemos conciencia de nuevos
problemas, para reconocer un valor objetivo y un significado moral a modos de vida, usos y creencias
que no recibieron de nosotros más que burlas o, a lo sumo, una curiosidad condescendiente.
Pero, con el ingreso de la genética de las poblaciones en la escena antropológica, se produjo otro
cambio cuyas implicaciones teóricas son aún mayores. Todos los hechos que acabo de evocar provienen
de la cultura; conciernen a la manera en que ciertos grupos humanos se dividen y se reforman, a
las modalidades que la costumbre impone a los individuos de ambos sexos para unirse y reproducirse,
a la forma prescripta de negar a dar la vida a los niños y de criarlos, al derecho, a la magia, a la
religión y a la cosmología. Bien, vimos que, de manera directa o indirecta, esos factores modelan la
selección natural y orientan su curso. Desde entonces, los datos del problema relativo a las relaciones
de raza y cultura se encuentran trastrocados. Durante todo el siglo XIX y la primera mitad del siglo
XX nos preguntamos si la raza influiría sobre la cultura y de qué modo. Después de haber constatado
que el problema así planteado es insoluble, nos percatamos ahora de que las cosas ocurren en
otro sentido: son las formas de cultura que adoptan los hombres en todas partes, sus maneras de vivir,
tal como prevalecieron en el pasado o lo siguen haciendo en el presente, las que determinan, en
una muy amplia medida, el ritmo y la orientación de su evolución biológica. Por mucho que sea necesario
preguntarse si la cultura es o no función de la raza, descubrimos que la raza —o lo que se entiende
en general por ese término— es una de las funciones de la cultura.
¿Cómo podría ser de otro modo? La cultura de un grupo es la que determina los límites geográficos
que se asigna o que soporta, las relaciones de amistad o de hostilidad que sostiene con los pueblos
vecinos y, en consecuencia, la importancia relativa de los encadenamientos genéticos que, gracias
a los casamientos cruzados, permitidos, alentados o prohibidos, se pueden producir entre ellos.
Aun en nuestras sociedades sabemos que los matrimonios no se concretan completamente al azar:
factores conscientes, tales como la distancia entre las residencias de los futuros cónyuges, su origen
étnico, su religión, su nivel de educación, pueden desempeñar un papel determinante. Si nos está
permitido extrapolar, a partir de usos y costumbres que ofrecían hasta una fecha reciente una extrema
generalidad en los pueblos sin escritura, y que por esta razón podemos creer inscriptos en una
larga permanencia, se admitirá que, desde los primeros inicios de la vida en sociedad, nuestros ancestros
debieron de conocer y aplicar reglas de matrimonio muy estrictas. Como aquellas que asimilan
los primos llamados paralelos —nacidos de dos hermanos o de dos hermanas— a hermanos o
hermanas verdaderos cuyas uniones, en consecuencia, están impedidas por la prohibición del incesto,
mientras que los primos llamados cruzados —nacidos de un hermano o de una hermana, respectivamente—
son, por el contrario, uniones autorizadas, cuando no aun prescriptas; en oposición a
otras sociedades donde todo lazo de parentesco, por muy lejano que sea, crea un impedimento que
anula el matrimonio. O bien la regla, más sutil todavía que las precedentes, por la cual entre padres
cruzados distingue los primos en dos categorías, la hija de la hermana del padre, por una parte, y la
hija del hermano de la madre, por otra parte, una sola permitida, la otra absolutamente prohibida,
pero sin que sea siempre y en todas partes la misma. ¿Por qué estas reglas, aplicadas durante generaciones,
no obrarían de diferente manera sobre la transmisión del patrimonio genético?
Eso no es todo; las reglas de higiene practicadas por cada sociedad, la importancia y la eficacia
relativa de los cuidados dispensados a cada tipo de enfermedad o de deficiencia, permiten o previenen,
en diversos grados, la supervivencia de ciertos individuos y la diseminación de un material genético
que, sin ello, habría desaparecido. Lo mismo sucede con las actitudes culturales frente a ciertas
anomalías hereditarias y, como ya vimos, para las prácticas como el infanticidio, que alcanza sin
discriminación a ambos sexos, en determinadas coyunturas —nacimientos llamados anormales, gemelos,
etc.—, o más particularmente a las hijas. En fin, la edad relativa de los cónyuges, la fertilidad
y la fecundidad, diferenciadas según el nivel de vida, y las funciones sociales están, al menos en parte,
directa o indirectamente sujetas a reglas, cuyo origen no es biológico sino social.
Esa inversión del problema de las relaciones entre raza y cultura al cual asistimos hace años, encontró
una ilustración particularmente impresionante en el caso de la drepanocitosis o ciclemia: anomalía
congénita de los glóbulos rojos, a menudo fatal cuando se hereda simultáneamente de ambos
progenitores pero de la que sólo se sabe, después de una veintena de años, que heredada de uno solo
confiere al portador una relativa protección contra la malaria. Se trata de uno de esos rasgos que se
habían creído de antemano desprovistos de valor adaptativo, especie de fósil biológico que permite,
según sus grandes grados de frecuencia, restituir los lazos arcaicos que habrían existido entre los
pueblos. Esas esperanzas de haber captado un criterio estadístico de identificación racial se vieron
frustradas por el descubrimiento de que debido al gen de la ciclemia los individuos heterocigotas podrían
detentar una ventaja biológica, la de reproducirse en un nivel comparativamente más elevado
que los homocigotas, biológicamente condenados por el mismo gen, por una parte y, por la otra, los
individuos no portadores están expuestos a morir jóvenes debido al hecho de su gran sensibilidad a
cierta forma de malaria.
Correspondió a F. B. Livingstone desarrollar en un artículo memorable las implicaciones teóricas
—que uno se inclinaría casi a llamar filosóficas— del descubrimiento de los genetistas5. Un estudio
comparativo de la tasa de malaria —el del gen de la ciclemia—, la distribución de lenguas y las
culturas en África occidental, permiten al autor articular por primera vez un conjunto coherente de
datos biológicos, arqueológicos, lingüísticos y etnográficos. Muestra también, de una manera muy
convincente, que la aparición de la malaria y la subsiguiente difusión de la ciclemia debieron de ser
consecutivas a la introducción de la agricultura: al rechazar o destruir la fauna, las roturaciones intensivas
provocaron la formación de tierras pantanosas y charcos de agua estancada, favorables a la
reproducción de mosquitos contaminantes, y obligaron a esos insectos a adaptarse al hombre, llegando
éste a ser el más numeroso de los mamíferos que ellos podrían parasitar. Teniendo en cuenta también
otros factores, las tasas variables de la ciclemia según los pueblos sugieren hipótesis plausibles
sobre la época en la que se habían establecido en los lugares que ocupan en la actualidad, sobre los
movimientos de tribus y los datos relativos sobre dónde adquirieron sus técnicas agrícolas.
Así se constata simultáneamente que una irregularidad genética no podría ofrecer testimonio sobre
un pasado tan lejano (porque, al menos en parte, se ha propagado en progresión directa a la protección
suministrada contra las consecuencias biológicas de los cambios culturales), pero que, en
compensación, arroja grandes luces sobre un pasado más próximo, pues la introducción de la agricultura
en África no puede remontarse más allá de algunos milenios. Lo que se pierde en un campo
se gana, entonces, en otro. Se renuncia a explicar por caracteres raciales las grandes diferencias que,
consideradas en una escala más vasta, se creería discernir entre las culturas, pero esos mismos caracteres
raciales —que ya no se pueden considerar como tales cuando se adopta una escala de observación
más fina—, combinados con fenómenos culturales de los que son menos la causa que el resultado,
ofrecen informaciones muy precisas sobre periodos relativamente recientes y que, a la inversa de
la otra historia, los datos de la arqueología, de la lingüística y de la etnografía pueden corroborar. A
condición de pasar del punto de vista de la «macroevolución cultural» al de la «microevolución genética
», la colaboración entre el estudio de las razas y el de las culturas se torna posible.
En efecto, estas nuevas perspectivas permiten situar los dos estudios en sus respectivas relaciones.
Son en parte análogas, en parte complementarias. Análogas, primero, pues en muchos sentidos
las culturas son comparables a esas dosificaciones irregulares de rasgos genéticos que se designa generalmente
con el nombre de raza. Una cultura consiste en una multiplicidad de rasgos, algunos le
son comunes, otros, en grados diversos, lo son con culturas vecinas o alejadas, en tanto que otros las
separan de manera más o menos marcada. Esos rasgos se equilibran en el seno de un sistema qué, en
uno y otro caso, debe ser viable, so pena de verse progresivamente eliminado por otros sistemas más
aptos a propagarse o reproducirse. Para desarrollar diferencias, para que los umbrales que permiten
distinguir una cultura de sus vecinas sean lo bastante marcados, las condiciones son grosso modo las
mismas que las que favorecen la diferenciación biológica entre los pueblos: aislamiento relativo durante
un tiempo prolongado, intercambios limitados, sean de orden cultural o genético. En un grado
5 Livingstone, F. B., «Anthropological Implications of Sidde Sell Gen Distribution in West Africa», American
Anthropologist, vol. 60, núm. 3 (1958).
cercano, las barreras culturales son de la misma naturaleza que las barreras biológicas; las prefiguran
de un modo más verídico que todas las culturas que imprimen su marca en el cuerpo: por estilos de
vestidos, de peinados y de adornos, por mutilaciones corporales y por comportamientos gestuales,
imitan diferencias comparables a las que pueden existir entre las razas; prefiriendo ciertos tipos físicos
a otros, los estabilizan y eventualmente los esparcen.
Pronto hará veinte años que en un opúsculo escrito a petición de la Unesco6 apelé a la noción de
coalición para explicar que las culturas separadas no podían esperar crear por sí solas las condiciones
de una historia verdaderamente acumulativa. Decía que para ello hacía falta que diferentes culturas
combinaran voluntariamente o involuntariamente sus posiciones respectivas dándose así más posibilidad
de realizar en el gran juego de la historia, las largas series que le permiten progresar. Los genetistas
proponen actualmente una visión demasiado cercana de la evolución biológica, al mostrar que
un genoma constituye en realidad un sistema en el cual ciertos genes desempeñan un papel regulador
y otros ejercen una acción concertada sobre un solo rasgo, o al contrario cuando son varios los rasgos
que dependen de un mismo gen. Lo verdadero en un genoma individual lo es también respecto al
de una población, que debe ser siempre tal, por la combinación que se opera en su seno de muchos
patrimonios genéticos donde se habría reconocido hace poco un tipo racial, en el que se establece un
equilibrio óptimo, que aumenta sus oportunidades de supervivencia. En ese sentido se puede afirmar
que en la historia de los pueblos la recomposición genética desempeña un papel semejante al de la
recomposición cultural en la evolución de formas de vida, técnicas, conocimientos y creencias por
cuyas diferencias se distinguen las sociedades.
Sin duda, no se pueden sugerir esas analogías sino con reserva. En efecto, por una parte, los patrimonios
culturales evolucionan mucho más rápidamente que los genéticos: un mundo separa la cultura
que conocieron nuestros antepasados de la nuestra y, no obstante, perpetuamos su herencia. Por
otra parte, el número de culturas que existen o existían hace muchos siglos sobre la superficie de la
tierra supera incomparablemente el de las razas que los más meticulosos observadores se han complacido
en inventariar: muchos miles contra algunas decenas. Esas enormes distancias entre los órdenes
de tamaño respectivos son las que suministran un argumento decisivo contra los teóricos que
pretenden que, en un último análisis, el material hereditario determina el curso de la historia; cuando,
en realidad, este último cambia mucho más rápidamente y siguiendo vías infinitamente más diversificadas
que aquél. Lo que la herencia determina en el hombre es la actitud general a adquirir una cultura
cualquiera, pero la que será la suya dependerá de los azares de su nacimiento y de la sociedad
donde recibirá su educación. Los individuos predestinados por su patrimonio genético a no adquirir
nada más que una cultura determinada tendrán descendientes con singular desventaja, ya que las variaciones
culturales a las que se verán expuestos sobrevendrán con tanta celeridad que su propio patrimonio
genético no podrá evolucionar ni diversificarse en respuesta a las exigencias de estas nuevas
situaciones.
Por esto no sería insistir demasiado sobre un hecho: aunque la selección permite que las especies
vivientes se adapten a un medio natural o resistan mejor a sus transformaciones, cuando se trata del
hombre este medio deja de ser en primer lugar natural; extrae sus características distintivas de condiciones
técnicas, económicas, sociales y mentales que, con la intervención de la cultura, crean a cada
grupo humano un entorno particular. Por ello se puede dar un paso más y considerar que las relaciones
entre la evolución orgánica y la evolución cultural no son solamente de analogía, sino también de
complementariedad. Dije y demostré que los rasgos culturales no genéticamente determinados pueden
afectar la evolución orgánica. Pero la afectarán en tal sentido que provocarán acciones retrospectivas.
Todas las culturas no reclaman de sus miembros exactamente las mismas actitudes, y si, como
es probable, algunas tienen una base genética, los individuos que las posean en más alto grado se encontrarán
favorecidos. Si su número se acrecienta por este hecho, no dejarán de ejercer sobre la misma
cultura una acción que le aportará mayor ventaja aun en el mismo sentido, o en sentidos nuevos
pero indirectamente ligados a él.
En los orígenes de la humanidad, la evolución biológica posiblemente seleccionó rasgos preculturales,
tales como la posición erguida, la habilidad manual, la sociabilidad, el pensamiento simbólico
y la aptitud para vocalizar y comunicarse. En contraposición y desde que la cultura existe, es ella
quien consolida estos rasgos y los propaga; cuando las culturas se especializan, consolidan y favorecen
otros rasgos, como la resistencia al frío o al calor (en sociedades que han debido, de buen grado
6 C. Lévi-Strauss, Race et histoire, París, Unesco, 1952. Vuelto a publicar en Anthropologie structurale
deux, París, Plon, 1973, cap. XVIII.
o por la fuerza, adaptarse a extremos climáticos), las disposiciones agresivas o contemplativas, la ingeniosidad
técnica, etcétera. Tales como los captamos en el nivel cultural, ninguno de esos rasgos
puede ser claramente vinculado a una base genética, pero no se debería excluir que lo son a veces de
manera parcial y por el efecto mediato de lazos intermediarios. En ese caso sería justo decir que cada
cultura selecciona aptitudes genéticas que por retroacción influyen sobre la cultura que había contribuido
de antemano a su fortalecimiento.
Al hacer remontar a un pasado cada vez más remoto, que actualmente calculamos en millones de
años, las primeras apariciones de la humanidad, la antropología física retira una de sus bases principales
a las especulaciones racistas, debido a que la proporción de desconocimiento aumenta así mucho
más rápidamente que el número de indicadores disponibles para jalonar los itinerarios seguidos
por nuestros lejanos ancestros en el curso de su evolución.
Los genetistas asestaron golpes aún más decisivos a esas especulaciones, cuando reemplazaron
la noción de tipo por la de población, la noción de raza por la de stock genético y cuando demostraron
que un abismo separa las diferencias hereditarias, según se las pueda atribuir a la actividad de un
solo gen —aquellas poco significativas desde el punto de vista racial, ya que probablemente están
dotadas de un valor adaptativo— o a la acción combinada de muchos, lo que las convierte prácticamente
en indeterminables.
Pero, una vez exorcizados los viejos demonios de la ideología racista, o por lo menos después de
haber probado que ésta no podría aspirar a ninguna base científica, se abre una vía a la colaboración
positiva entre genetistas y etnólogos, para investigar juntos cómo y de qué manera los mapas de distribución
de fenómenos biológicos y de fenómenos culturales se aclaran mutuamente y nos instruyen
sobre un pasado que, sin pretender remontar a los primeros orígenes las diferencias raciales cuyos
vestigios están definitivamente fuera de alcance, puede, a través del presente, encadenarse al futuro
para permitirnos discernir los lineamientos. Aquello que se denominaba hace poco el problema de
las razas escapa al dominio de la especulación filosófica y de las homilías morales con las que uno se
conformaba a menudo. Escapa aún el de las primeras aproximaciones que los etnólogos se habían esforzado
por formular para dar respuestas provisorias inspiradas por el conocimiento práctico de razas
diferentes y por los datos de la observación. En una palabra, el problema deja de ser competencia de
la vieja antropología física como también de la etnología general. Llega a ser un asunto de especialistas
que en contextos limitados se formulan preguntas de orden técnico y dan respuestas inadecuadas
para otorgar a los pueblos lugares diferentes en un orden jerárquico.
Sólo después de una decena de años comenzaron a comprender que discutimos el problema de la
relación entre evolución orgánica y evolución cultural en términos que Auguste Comte llamó metafísicos.
La evolución humana no es un subproducto de la evolución biológica, pero tampoco es completamente
diferente. La síntesis entre esas dos actitudes tradicionales es ahora posible, siempre que,
sin satisfacerse con respuestas previas y con soluciones dogmáticas, los biólogos y los etnólogos tomen
conciencia de la ayuda que pueden prestarse mutuamente y de sus respectivas limitaciones.
Esta inadecuación de respuestas tradicionales explica, tal vez, por qué la lucha ideológica contra
el racismo se ha mostrado tan poco eficaz en el plano práctico. Nada indica que los prejuicios raciales
disminuyan, sino que todo conduce a pensar que, luego de breves calmas locales, resurgen en
otras partes con una intensidad todavía mayor. De ahí, el deseo nuevamente experimentado por la
Unesco de reiniciar periódicamente un combate cuyo resultado parece, por lo menos, incierto. ¿Pero
estamos totalmente seguros de que la forma racial caracterizada por la intolerancia es la consecuencia
exclusiva de ideas falsas y que algunas poblaciones mantendrían sobre la dependencia de la evolución
cultural, en contradicción con la evolución orgánica? ¿Esas ideas no proveen simplemente
una envoltura ideológica a oposiciones más reales fundadas en la voluntad de avasallamiento y en
las relaciones de fuerzas? Ciertamente ese fue el caso en el pasado. Pero aun suponiendo que esas relaciones
de fuerzas se atenúen, ¿las diferencias raciales no continuarían sirviendo de pretexto a la dificultad
cada vez mayor de convivir que inconscientemente afecta a una humanidad víctima de la explosión
demográfica y que —tal como esos gusanos de la harina que se envenenan a distancia por las
toxinas que segregan, mucho antes que su densidad exceda los recursos alimentarios de que disponen
dentro de la bolsa que los encierra— se aborreciera a sí misma porque una intuición secreta le
advierte que se torna demasiado numerosa para que cada uno de sus miembros pueda libremente gozar
de esos bienes esenciales que son el espacio libre, el agua pura, el aire sin polución? Los prejuicios
raciales alcanzaron su mayor intensidad en los casos de grupos humanos reducidos por otros a
un territorio demasiado estrecho, a una porción demasiado insuficiente de bienes naturales para que
su dignidad no se sienta herida, tanto a sus propios ojos como a los de sus poderosos vecinos. ¿Pero
la humanidad moderna, en su conjunto, no tiende a expropiarse a sí misma y, sobre un planeta que se
ha tornado demasiado pequeño, no reconstruye a sus expensas una situación semejante a la que algunos
de sus representantas infligieron a las desventuradas tribus americanas o de Oceanía? ¿Qué sería,
en fin, de la lucha ideológica contra los prejuicios raciales si se confirmara que siempre y en todas
partes —como lo sugieren ciertos experimentos realizados por psicólogos— basta con formar equipos
sujetos de cualquier origen y colocarlos en una situación de competencia para que se desarrolle
en cada uno un sentimiento de parcialidad y de injusticia frente a sus rivales? Comunidades minoritarias
que aparecen hoy en muchos puntos del mundo, como los hippies, no se distinguen del grueso
de la población por la raza, sino solamente por el género de vida, la moralidad, el peinado y la vestimenta;
sin embargo, ¿los sentimientos de repulsión a veces, de hostilidad que inspiran en la mayoría
son sustancialmente diferentes de los odios raciales? ¿Haríamos lograr a los genes un verdadero progreso
si nos limitáramos a disipar los prejuicios especiales sobre los que esos odios solos, entendidos
en sentido estricto, se puede decir que reposan? En todas estas hipótesis, la contribución que el etnólogo
puede aportar a la solución del problema racial se revelaría irrisoria, y no es seguro que la que
pidiéramos a los psicólogos y a los educadores se mostrara más fecunda; tanto es así que, como nos
lo enseña el ejemplo de los pueblos llamados primitivos, la tolerancia recíproca requiere dos condiciones
que las sociedades contemporáneas están más lejos que nunca de cumplir; por una parte, una
igualdad relativa, por otra, una distancia física suficiente.
En la actualidad, los genetistas se interrogan con ansiedad sobre los riesgos que las condiciones
demográficas actuales ocasionan a esta retroacción positiva, entre evolución orgánica y evolución
cultural de la cual di ejemplos y que permitió a la humanidad asegurarse el primer lugar entre las especies
vivientes. Las poblaciones se agrandan, pero disminuyen en número. Mientras tanto, el desarrollo
de la asistencia mutua en el seno de cada población, los progresos de la medicina, la prolongación
de la vida humana, la facultad cada vez más grande reconocida a cada miembro del grupo de reproducirse
como lo desee, aumentando el número de mutaciones nocivas y les ofrece los medios de
perpetuarse, al mismo tiempo que la supresión de las barreras entre pequeños grupos excluye la posibilidad
de experiencias evolutivas capaces de asegurar a la especie la elección de nuevos comienzos.
Ello no significa ciertamente que la humanidad cesa o cesará de evolucionar; es evidente que lo
hace en el plano cultural, y aun a despecho de pruebas directas que atestiguan que la evolución biológica
persiste —solamente demostrable a largo plazo—, las estrechas relaciones que mantiene en el
hombre con la evolución cultural garantizan que, si ésta está presente, la otra debe necesariamente
continuar. Pero la selección natural no puede ser únicamente juzgada por la mayor ventaja que ofrece
a una especie de reproducirse; porque si esta multiplicación destruye un equilibrio indispensable con
lo que se llama hoy un ecosistema, y que es necesario encarar siempre en su totalidad, el crecimiento
demográfico puede llegar a ser desastroso para la especie particular que veía ahí la prueba de su éxito.
Aun suponiendo que la humanidad tomara conciencia de los peligros que la amenazan, se dispusiera
a solucionarlos y se tornara dueña de su futuro biológico, no se concibe cómo la práctica sistemática
de la eugenesia escaparía al dilema que la corroe: sea que uno se equivoque y haya hecho
cualquier otra cosa distinta a lo que se proponía; sea que uno acierte y que siendo los productos superiores
a sus autores, no descubran inevitablemente que éstos deberían haber hecho otra cosa que lo
que hicieron, es decir, ellos mismos.
Las consideraciones que preceden agregan, pues, razones suplementarias a las dudas que el etnólogo
puede experimentar con respecto a su aptitud para solucionar por sí mismo y armado con los
recursos únicos de su disciplina, los problemas propuestos por la lucha contra los prejuicios raciales.
Después de unos quince años, hay mayor conciencia de que esos problemas reflejan a escala humana
uno mucho más amplio y cuya solución es aún más urgente: el de las relaciones entre el hombre y las
otras especies vivientes; y que no serviría de nada pretender resolverlo en el primer plano si no se lo
atacara también en el otro es tan cierto, como que el resto que deseamos obtener del hombre hacia
sus pares no es más que un caso particular del respeto que debería sentir por todas las formas de la
vida. Al aislar al hombre del resto de la creación, al definir demasiado estrechamente los límites que
lo separan, el humanismo occidental, heredero de la Antigüedad y del Renacimiento, lo privó de una
muralla protectora, y la experiencia del último y del presente siglo lo prueba. Lo expuso, sin defensa
suficiente, a los asaltos fomentados dentro de su misma fortaleza. Permitió que sean rechazadas fuera
de las fronteras arbitrariamente trazadas fracciones cada vez más próximas de una humanidad a la
cual se podría tanto más fácilmente negar la misma dignidad que al resto, que se había olvidado de
que si el hombre es respetable, lo es en primer lugar como ser viviente más que como señor y dueño
de la creación: primer reconocimiento que lo obliga a respetar a todos los seres vivientes. En ese sentido,
el Extremo Oriente budista subsiste como depositario de preceptos que se desearía que la humanidad
en su conjunto continuara o en los que aprendiera a inspirarse.
En fin, existe una última razón para que el etnólogo dude, no ciertamente en combatir los prejuicios
raciales —porque su ciencia ya contribuyó poderosamente a esta lucha y continúa y continuará
haciéndolo—, sino en creer —como muy a menudo se incita— que la difusión del saber y el desarrollo
de la comunicación entre los hombres lograrán un día hacerles vivir en óptima armonía, en la
aceptación y el respeto de su diversidad. En el curso de esta exposición, subrayé con insistencia que
la fusión progresiva de poblaciones, hasta ahora separadas por la distancia geográfica así como por
barreras lingüísticas y culturales, marcaría el fin de un mundo que fue el de los hombres durante centenas
de milenios, cuando vivían en pequeños grupos permanentemente separados y evolucionaban
cada uno de manera diferente, tanto en el plano biológico como en el cultural. Los trastornos provocados
por la expansión de la civilización industrial, el incremento de la rapidez de los medios de
transporte y de comunicación destruyeron esas barreras. Al mismo tiempo desaparecieron las oportunidades
que ellas ofrecían para que se elaboraran y se practicaran nuevas combinaciones genéticas y
experiencias culturales. Ahora bien, no se puede negar que a despecho de su urgente necesidad práctica
y de los elevados fines morales que se asigna, la lucha contra todas las formas de discriminación
participa de ese mismo movimiento que arrastra a la humanidad hacia una civilización mundial, destructora
de esos viejos particularismos en los cuales recae el honor de haber creado los valores estéticos
y espirituales que dan su recompensa a la vida y que recogemos preciosamente en las bibliotecas
y en los museos porque nos sentimos cada vez menos capaces de producirlos.
Sin duda nos acunamos con el sueño de que la igualdad y la fraternidad reinarán un día entre los
hombres, sin que comprometa su diversidad. Pero si la humanidad no se resigna a transformarse en
la consumidora estéril de los únicos valores que supo crear en el pasado, capaz solamente de dar a
luz obras bastardas, invenciones groseras y pueriles, deberá aceptar que toda creación verdadera implica
una cierta sordera a la llamada de otros valores, pudiendo llegar hasta el rechazo y aun a su negación.
Porque no se puede, a la vez, fundirse en el goce del otro, identificarse con él y mantenerse
diferente. Plenamente lograda, la comunicación integral con el otro condena en un plazo más o menos
breve la originalidad de su creación y de la mía. Las grandes épocas creadoras fueron aquellas en
las que la comunicación llegó a ser suficiente como para que interlocutores alejados se estimulasen,
sin ser, sin embargo, tan frecuente y rápida como para que los obstáculos, tan indispensables entre
los individuos como entre los grupos, disminuyeran al punto que los intercambios demasiado fáciles
igualaran y confundieran su diversidad.
La humanidad se encuentra pues expuesta a un doble peligro cuya amenaza tanto el etnólogo
como el biólogo miden de igual manera. Convencidos de que la evolución cultural y la orgánica son
solidarias, tienen la certeza de que el retorno al pasado es imposible, pero también que el camino que
los hombres están actualmente recorriendo acumula tantas tensiones que los odios raciales ofrecen
una muy pobre imagen del régimen de intolerancia exacerbado que amenaza con instaurarse mañana,
sin que sea necesario el pretexto de las diferencias étnicas. Para circunscribir esos peligros, los de
hoy y los de un futuro próximo, más temibles aún, debemos persuadirnos de que sus causas son mucho
más profundas que las simplemente imputables a la ignorancia y a los prejuicios: sólo podemos
cifrar nuestra esperanza en un cambio del curso de la historia, más difícil aún de obtener que un progreso
en el de las ideas.