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SOMBRAS SÁFICAS: DESAFIANDO EL SILENCIO SOBRE EL ESTUDIO DE LA SEXUALIDAD
Evelyn Blackwood y Saskia E. Wieringa


1       Documentación sobre las relaciones sexuales entre mujeres
2       Profundizando en el silencio
3       Cultura y relaciones sexuales entre las mujeres

1. Documentación sobre las relaciones sexuales entre mujeres

El estudio de la sexualidad en general y de las relaciones sexuales entre mujeres especialmente, en el mundo no occidental, ha sido descuidado. Antes de la Segunda Guerra Mundial se dedicó poca atención a las relaciones sexuales entre personas del mismo sexo. Lo impedía el tabú de la homosexualidad existente en Occidente. El auge del funcionalismo en Gran Bretaña hizo que se ignorase la cuestión de la sexualidad, mientras que en los Estados Unidos, la escuela  “cultura y personalidad”, fundada por Benedict, dedicó escasa atención al tema de la sexualidad.
Una de las razones de las invisibilidad de las prácticas lésbicas, según observa Blackwood, era debido más a las limitaciones de los observadores que a las condiciones de vida de las mujeres. Estas limitaciones incluían la reticencia o su torpeza para hacer preguntas a las mujeres o para obtener respuestas sobre sus prácticas y a la ignorancia sobre la diversidad sexual. Para muchos  la posibilidad de que mujeres casadas mantuvieses prácticas sexuales no heterosexuales eran impensables. Sólo se lo podían imaginar en lugares donde las mujeres estuvieran privadas del acceso a los hombres. Muchos también asumieron que la homosexualidad derivaba sólo de condiciones de segregación de sexos (una teoría que hoy todavía persiste).
Las dificultades para tener acceso a la información sobre las relaciones sexuales entre mujeres no afectan sin embargo solamente a los hombres.
Otra razón en lo que se refiere a las dificultades es que historias como las de las mujeres guerreras del rey fon, llamadas las amazonas de Danhomé, permanecen en el recuerdo de las gentes, pero las circunstancias exactas bajo las que vivían, amaban o trabajaban no son conocidas o bien han sido ocultadas como resultado de las intervenciones colonialistas y poscolonalistas.
El erotismo homosexual femenino fue borrado casi por completo o reescrito tras las conquistas realizadas por culturas y religiones patriarcales. Sin embargo, y a pesar de estos aparentes silencios existía documentación concerniente a las relaciones sexuales entre mujeres (primeros etnógrafos, misioneros y viajeros). Estos relatos deben ser leídos con sumo cuidado, ya que tendían  a retratar a los “nativos” como “primitivos” y “paganos”.
Las historias de los viajeros y los informes “científicos” a menudo se caracterizaban por serios prejuicios sobre los temas que trataban. En muchos casos, los autores tenían un limitado acceso directo a las mujeres. Es más, muchas historias puede que hayan sido coloreadas por la misoginia de sus autores y por la de sus informantes e intérpretes masculinos. Aun así proporcionan una inestimable información acerca de la vida social y sexual de la gente con la que se encontraban.

2. Profundizando en el silencio

Después de la Segunda Guerra Mundial, los estudios se centraron en la homosexualidad masculina, argumentando que se debía a la escasez de información sobre prácticas lésbicas.
No obstante, esta aparente falta de evidencia no impidió a los investigadores elaborar teorías acerca de la homosexualidad femenina; las teorías aplicadas a los hombres eran asimismo aplicables a las mujeres. Algunos simplemente asumieron que el lesbianismo era la imagen especular de la homosexualidad masculina. Como consecuencia, las teorías masculinistas acerca de la homosexualidad femenina eran intentos limitados y casi siempre fallidos de comprender prácticas inadecuadamente investigadas y analizadas.
Uno de los principales problemas de la homosexualidad fuera de Europa o de los Estados Unidos era que dicho estudio se concentraba principalmente en ejemplos de prácticas sexuales de un hombre a otro.
En un apreciable intento de teorizar sobre la homosexualidad través de las diferentes culturas, Carrier llegó a la conclusión de que había dos factores socioculturales significativos en conexión con la expresión del comportamiento homosexual: las actitudes culturales y las prescripciones (aceptación o rechazo del comportamiento homosexual) y la disponibilidad de parejas sexuales. Sugería que la ausencia del sexo opuesto debido a la valoración de la virginidad para las mujeres, la segregación de los hombres en campamentos de iniciación, la migración de los hombres y la poliginia (matrimonio con más de una mujer), incrementaba el comportamiento homosexual.
Carrier afirmó que  “parece que el comportamiento homosexual masculino resulta estar más regulado que el femenino”. Y sugería que esta diferencia podía ser debida al status más elevado que los hombres tenían en la mayoría de las sociedades. Su afirmación tiene sentido en algunas sociedades patriarcales pero es menos plausible como teoría general. Al sugerir que las mujeres son menos propicias a entablar una relación homosexual se suscita la posibilidad de que haya una diferencia biológica entre el hombre y la mujer, pero en realidad no hay datos que sustenten tal conclusión.
En los años ochenta, la investigación masculinista ayudó a que continuase el silencio. Se propusieron diferentes tipologías de la homosexualidad, gracias a los esfuerzos de los primeros investigadores por catalogar prácticas sexuales diversas. Estas tipologías resaltaban la actividad sexual genital entre varones como el vínculo entre todas las diferentes prácticas sexuales y de género masculinas.  La mayoría de las tipologías incluían tres tipos: relaciones transgenéricas o diferenciadas por el género (parejas que pertenecen a diferentes géneros), relaciones transgeneracionales o diferenciadas por la edad (parejas pertenecientes a diferentes generaciones), y relaciones igualitarias (parejas que pertenecen a un mismo estatus social).Así, el extenso trabajo de Greenberg sobre la construcción de la homosexualidad (masculina) incluye casos de homosexualidad femenina, pero su análisis está repleto de manifestaciones acerca de la falta de datos sobre mujeres. Concluye que en las sociedades “basadas en las relaciones de parentesco” las mujeres tienden, con más frecuencia que los hombres, a tener relaciones lésbicas igualitarias, “posiblemente porque las mujeres no son socializadas para competir con otras mujeres por el status, o para dominar”.
Esta hipótesis no se sostiene, ya que en ciertas sociedades basadas en el parentesco existen “relaciones estructuradas por edad” entre mujeres de diferente status, como por ejemplo el matrimonio de mujeres en África. Finalmente y con respecto a las sociedades que él etiquetó como “civilizaciones tempranas”, termina diciendo que la falta de independencia hizo que las relaciones lésbicas fueran menos factibles. Esta conclusión es, como poco, especulativa, dada la falta de pruebas presentadas.
Adam afirma que su categoría de “sexualidad estructurada por edades” es “predominantemente una forma masculina de vinculación entre personas del mismo sexo”. Señala las relaciones sexuales de las coesposas azande, pero no las adscribe a una categoría, señalando solamente que su relación no es paralela a la “homosexualidad de los guerreros” de los hombres azande.  No proporciona, sin embargo, el mismo nivel de análisis para los casos de relaciones sexuales entre mujeres que él mismo menciona.
Había, sin embargo, un número sustancial de trabajos desarrollado en los ochenta sobre las prácticas sexuales entre mujeres y las relaciones transgenéricas, trabajo que, refutó la invisibilidad y apeló un análisis feminista de la homosexualidad de la mujer.

3. Cultura y relaciones sexuales entre las mujeres

La investigación feminista lesbiana en los años ochenta insistió sobre la importancia de distinguir entre las prácticas y experiencias homosexuales femeninas y masculinas. Adrienne Rich enfatizó su rechazo a cualquier correlación entre la homosexualidad masculina y femenina. Blackwood apoyó esta posición. Planteó que “debido a que los roles de hombre y mujeres están estructurados de forma diferente en todas las culturas (...) la estructura de la homosexualidad femenina también debe ser examinada como tal.
Más aún, puesto que las sexualidades están conformadas por y arraigadas en las jerarquías  y las ideologías de género, que imponen constricciones diferentes a las mujeres y a los hombres, los roles sexuales, los comportamientos, los significados y los deseos son diferentes para las mujeres y para los hombres.
Las explicaciones culturales sobre las relaciones sexuales entre  mujeres se centraron, en los años ochenta, sobre las experiencias y las vidas de las mujeres, con el fin de entender cómo se relacionan el género y la sexualidad  con las prácticas homosexuales.
A pesar de los silencios, la información sobre las relaciones sexuales entre mujeres nunca ha sido tan limitada como se ha sugerido. Así los informes etnográficos más extensos de los investigadores británicos y americanos sobre lesbianas, sexualidad entre personas del mismo sexo y prácticas transgenéricas, anteriores a 1980, incluyen la biografía escrita por Schaeffer de una “mujer berdache” kutenai, una nativa norteamericana dos-espíritus; el artículo de Hart (1968) sobre mujeres “butch-femme”, las lakin-on y sus parejas en la isla de Negros (Filipinas); y el informe de Evans-Pritchard (1970) acerca de “la inversión sexual entre los azande”.
Los primeros trabajos feministas comenzaron con una nota de Lorde sobre el matrimonio de mujeres en Africa y con el estudio de Allen sobre las sexualidades de las nativas americanas, reclamando el término “lesbiana” como el más apropiado para todas las nativas americanas que amasen a otra mujer.
Otro trabajo sobre lesbianas incluía un estudio sobre las relaciones “mummy-baby” en África meridional, una amistad institucionalizada entre chicas adolescentes de diferentes edades (Gay 1986); un trabajo sobre hermandades chinas (Sankar 1986); un estudio sobre mujeres musulmanas ricas en Mombasa  (Kenya), de quienes se decía que tenían mujeres jóvenes como amantes (Shepherd 1987); un artículo sobre lesbianas cubanas; y varios trabajos acerca de nativas norteamericanas dos-espíritus (previamente berdache), mujeres que socialmente son hombres.
En Asia, el ejemplo más conocido de relaciones sexuales institucionalizadas entre mujeres es el de las hermandades chinas. Estas fueron prohibidas tras la victoria del Ejército Rojo en 1949 al ser consideradas “restos feudales”.El tema de la sexualidad y el erotismo entre las mujeres de dichas hermandades ha sido objeto de controversia. Lo que Smedley cuenta es revelador. El guía con el que visitó algunas hermanas, mostraba gran hostilidad hacia estas mujeres que rehusaban casarse, hábito que él achacaba al hecho de que ganaban demasiado dinero. La propia Smedley estaba más interesada en las exitosas huelgas que estas habían llevado a cabo, que en sus vínculos sociales y eróticos. Cuando Honig describe hermandades en Shanghai, también se centra en su papel como trabajadoras. Tan sólo Topley y Sankar hablan específicamente de “prácticas de lesbianismo”, que ellas relacionan con un desagrado con las relaciones heterosexuales  así como con ventajas religiosas que el celibato podría tener.
Al considerar la antropología feminista de los años ochenta, comprobamos que estos estudios subrayan la importancia de las ideologías de género en la construcción de la sexualidad de la mujer. Debido a que hombres y mujeres están situados de manera muy diferente en todas las culturas, los factores que puedan ser significativos en la construcción de las prácticas sexuales entre hombres pueden no serlo para las mujeres.
Las prácticas con semen en Nueva Guinea no tienen su correspondiente entre mujeres; las adolescentes no tienen necesidad de expresar ritualmente su femineidad ya que ésta y su capacidad reproductora le son inherentes. De la misma forma, las condiciones opresivas del matrimonio para las mujeres en China, que hizo aumentar las hermandades y  la resistencia al matrimonio, no eran así para los hombres, quienes tenían derecho a controlar a sus esposas y las propiedades familiares. Ambos casos no tienen su reflejo en el otro sexo porque las ideas culturales sobre el género conforman las prácticas sexuales.
Estos estudios sostienen que las ideologías de denominación masculina controlan y limitan la expresión de la sexualidad de la mujer. Rubin expone que en los sistemas que el hombre tiene más control sobre la mujer que a la inversa,” la homosexualidad en las mujeres estará sujeta a una mayor represión que en los hombres”.
Siguiendo esta perspectiva, Blackwood sugiere que era precisamente en las sociedades estratificadas por clases o géneros donde faltaban pruebas de prácticas sexuales entre mujeres o éstas estaban limitadas a las relaciones clandestinas (en harenes) o a grupos marginales (las hermandades chinas); las relaciones no heterosexuales no serían legítimas ni estarían toleradas para las mujeres.
Afirma así mismo que en las sociedades con ausencia de ideologías opresivas de género se corresponde con las presencia de prácticas sexuales entre mujeres institucionalizadas o aprobadas culturalmente.
Otros trabajos de los ochenta sugirieron otros factores que influyen en la construcción y/o presencia de sexualidades y géneros, entre ellos, las normas de matrimonio y parentesco, la polaridad de los géneros, el control de la sexualidad y de la fertilidad, la estratificación social y el sistema económico. La mayoría de estas explicaciones está ligada a un análisis feminista-socialista de la opresión de la mujer.
El objetivo de la mayor parte del trabajo realizado en los ochenta era explorar el significado u la construcción cultural de las relaciones sexuales entre mujeres. Argumentando que las relaciones entre mujeres estaban arraigas y constituían extensas relaciones sociales, de parentesco (aborígenes australianas), de redes de comercio e intercambio (coesposas azande, mummies y babies, hermandades chinas) y de ritual (nativas norteamericanas, aborígenes australianas). En muchos casos estas relaciones coexistían con el matrimonio heterosexual. La mayor parte de las investigadoras presentaron documentados estudios locales de relaciones lésbicas en sintonía con las particularidades de una cultura concreta, pero no con las de los procesos coloniales o poscoloniales más amplios.
Blackwood propuso una tipología preliminar para las relaciones entre mujeres. Al contrario de las tipologías masculinistas basadas en el tipo de compañeros sexuales, basó su tipología en el nivel de integración de las relaciones entre mujeres en procesos sociales más extensos, distinguiendo entre relaciones que son pertinentes sólo en el contexto  social inmediato (informal) y aquéllas que son parte de una red o estructura social que se extiende más allá de la relación (formal). Esta tipología subraya la idea de que las relaciones sexuales están arraigadas dentro de los sistemas sociales y toman su significado del contexto social.
Los datos obtenidos sobre personas dos espíritus sugieren que género y sexo son separables, dado que una persona puede asumir el género que habitualmente no está asignado a su cuerpo. Este trabajo también ayudó a ilustrar la construcción social de categorías que frecuentemente se suponían “naturales”, como la familia, el ámbito domestico y la sexualidad. La variedad de formas de la sexualidad de la mujer hizo que  las teorías sobre la familia y el parentesco que tendían a recalcar los roles de la mujer como reproductora y madre ampliaron su visión de la vida de las mujeres, incluyendo en ella una variedad de relaciones sociales no definidas por el cuidado doméstico. Incluso cuestionaron “lo natural” del emparejamiento y matrimonio hombre-mujer.
La investigación acerca de los estudios sobre lesbianismo planteó las cuestiones referidas a la noción de heterosexualidad obligatoria que ha permanecido como un principio central en algunas de las teorías feministas sobre la sexualidad. Rich indicó que  era una condición universal para la mujer, afirmando que todas las culturas exigen y en ocasiones fuerzan el matrimonio. El debate que se originó no fue sobre el concepto de heterosexualidad obligatoria  sino sobre el concepto de lesbianismo como un acto de resistencia.
Ferguson se mostró más preocupada porque Rich hubiese descrito erróneamente la heterosexualidad obligatoria como “el mecanismo clave que subyace y perpetúa la dominación masculina.
El análisis de Zita fue más explícito al sugerir que la heterosexualidad obligatoria está conectada con el patriarcado.
Vicinus sugirió que  la represión general de la sexualidad de las mujeres se ha dado a través de la historia y reforzó la idea de la heterosexualidad obligatoria.
Este concepto proporcionó una visión limitada de una sexualidad ya de por sí opresiva. No habiendo comprendido la construcción histórica de la heterosexualidad obligatoria sus teorizadoras vienen a decir que las mujeres no fueron agentes sino víctimas pasivas o una mera propiedad en el drama cultural del patriarcado. Este enfoque no reconocía ningún placer a las relaciones heterosexuales y asumía que otras formas de sexualidad sólo podían ser contempladas como resistencia al patriarcado.
En respuesta a esta teoría, la investigación sobre sexualidades lésbicas o entre personas del mismo sexo en otras culturas proporcionó sólida evidencia del papel activo de las mujeres. Blackwood cuestionó la noción de la heterosexualidad obligatoria al mostrar que las mujeres ciertamente participaban en formas legítimas de prácticas no heterosexuales. Estas prácticas no eran simplemente expresiones de deseo resistentes o desviadas sino que estaban dentro del contexto de las vidas de las mujeres y de sus relaciones sociales. Las mujeres creaban activamente prácticas culturales y tenían la habilidad de construir y rehacer sus propios significados sexuales y sus propios deseos.
Esta evidencia mostró lo inadecuado del concepto de la heterosexualidad obligatoria. El matrimonio heterosexual puede que sea la norma, pero la sexualidad no es igual a matrimonio y el matrimonio no impide que la mujer pueda crear o participar en otras prácticas sexuales, heterosexuales o de otro tipo. Ni el matrimonio ni la heterosexualidad oprimían a las mujeres o constreñían su sexualidad.
La opresión de la sexualidad de la mujer se localizaba en sistemas concretos en los que la masculinidad y el deseo masculino se constituían de forma que fuesen más valorados y poderosos, mientras que la sexualidad de las mujeres se consideraba que debía ser limitada o necesariamente restringida.
Como corolario del concepto de heterosexualidad obligatoria se desprendía que el lesbianismo constituía una forma de resistencia a la heterosexualidad. Algunos investigadores interpretaron los esfuerzos de mujeres que se hacían pasar por hombres para vivir con la mujer que amaban como un rechazo del género que tenían asignado y una usurpación de los privilegios del hombre (Crompton; Katz.).
El concepto de resistencia tenía la cualidad de atribuir una actitud activa a las mujeres y al mismo tiempo una conciencia de las opresivas condiciones en las que vivían, pero era una actitud negativa, una reacción, ya que no buscaban el poder.
Otros estudios muestran que no todas las relaciones entre mujeres eran actos de resistencia. Para las jóvenes adolescentes de Lesotho era parte de su aprendizaje de los placeres y las responsabilidades de las relaciones. Gay argumentaba que indican la normalidad de la homosexualidad en la adolescencia. Para las coesposas azande, que solemnizaban sus relaciones emocionales y eróticas mediante el ritual bagburu, esas relaciones ampliaban sus entramados sociales y comerciales. Estos estudios sugerían que  las mujeres construían relaciones sociales significativas y formas de placer no heterosexual entre ellas en sociedades donde la sexualidad de la mujer no estaba íntimamente ligada a la reproducción y a la herencia. Permanece abierta la cuestión de por qué en ciertas sociedades las mujeres tienen prácticas sexuales legitimadas entre ellas y en otras no.
En conclusión, la evidencia antropológica derivada de los estudios transculturales de prácticas sexuales entre personas del mismo sexo y transgenéricas tiene mucho que ofrecer para entender la sexualidad en general y las relaciones lésbicas en particular. Esta evidencia denota la pluralidad de las prácticas sexuales de las mujeres así como la coerción de las ideologías de género opresivas. El “lesbianismo” no es sólo resistencia, desviación o una manera de derrocar el patriarcado, está también profundamente arraigado en las relaciones sociales de muchas culturas y se expresa como juego sexual y también como amistad íntima. La investigación sobre las prácticas sexuales entre mujeres de los años ochenta ayudó a precisar el significado de la sexualidad, destacando la relación entre género y sexualidad. También subrayó el papel activo de las mujeres en la construcción del significado sexual. Al poner de relieve las prácticas de las mujeres y diferenciarlas de las de los hombres, este trabajo dirigió la atención hacia el análisis de los sistemas de género y del cuerpo de la mujer, a la vez que hizo visible por primera vez la importancia de las prácticas sexuales entre mujeres  y transgenéricas,