MICHEL MONTAIGNE
ENSAYOS. Tomo I.  Capítulo XXII
De la costumbre y de la dificultad de cambiar los usos recibidos

(Selección de fragmentos)

 

En este texto de Michel de Montaigne se narra una abrumadora serie de ejemplos de diversidad cultural. Mediante este procedimiento quiere mostrar la fuerza que tiene la costumbre, la  forma en que deja grabado en todos nosotros un determinado concepto del bien y del mal, de lo correcto y lo incorrecto. Ello conduce inevitablemente al etnocentrismo que nos hace pensar que nuestras pautas son las más juiciosas.

 

Estos efectos de la costumbre descúbrense todavía mejor en la impresión que produce en nuestra alma, donde no encuentra tanta resistencia.

¿De qué poderío no dispone sobre nuestros juicios y creencias? Hay opinión, por
extraña que sea (y dejo a un lado toda la grosera impostura de las religiones, con la cual tantas naciones populosas y tantos personajes esclarecidos hanse visto dominados, pues en las religiones, estando por cima de la humana razón, es más excusable el extravío a quien por modo sobrenatural no se encuentra socorrido por el favor divino); en cosas puramente terrenales, ninguna hay, por extraordinaria y peregrina que sea, que la costumbre no haya implantado como ley allí donde bueno le ha parecido. No puede, pues, ser más justa esta antigua sentencia: Non pudet physicum, id est, speculatorem venatoremque naturae, ab animis consuetudine imbutis quaerere testimonium veritatis.
Creo firmemente que no pasa por la humana imaginación ningún capricho por estrambótico que sea, que no encuentre el ejemplo en alguna costumbre pública, y por consiguiente que nuestra razón no explique y apoye. Pueblos hay en que se vuelve la espalda a la persona que se saluda y nunca se mira a la persona a quien trata de honrarse. Hay otros en que cuando el rey escupe, la más favorecida de las damas de su corte tiende la mano, y en otra nación los más próximos al monarca se bajan al suelo para recoger con un trapo sus basuras. (…)

(…) Los habitantes de países remotos no nos parecerían raros ni peregrinos,
como tampoco nosotros lo seríamos para ellos, si cada cual supiera, después de haber examinado los ejemplos que le procuran las costumbres de otros pueblos, reflexionar acertadamente sobra las peculiares del país en que vive, y comparar las unas con las otras. Es la humana razón una tintura infusa, semejante y de valor análogo a nuestras costumbres y opiniones de cualquiera suerte que éstas sean, infinita en materia y en diversidad también infinita. Pero volvamos a mi asunto.
Hay pueblos en que, salvo su esposa e hijos, nadie se comunica con el soberano sino por medio de un portavoz. En una misma nación las doncellas llevan al descubierto las partes vergonzosas, y las casadas las ocultan cuidadosamente. En otras, la castidad no tiene valor sino para los frutos del matrimonio, pues las jóvenes pueden entregarse a sus instintos, y si resultaren preñadas echan mano
de cualquier abortivo adecuado, a los ojos de todos. En otras partes, cuando un comerciante se casa, todos los de su gremio que han sido convidados a la boda, se acuestan con la desposada antes que el marido, y cuantos más convidados hay más honor recibe la mujer. Lo mismo acontece cuando un militar se casa, y lo mismo cuando es un noble el que contrae matrimonio, y así sucesivamente, salvo si es un labrador el que contrae justas nupcias, o un individuo de la plebe: entonces, es el señor quien se aprovecha.
A pesar de todo lo antecedente, no deja de recomendarse la más estricta fidelidad durante el matrimonio. Países hay en que se ven burdeles públicos de hombres; en que las mujeres van a la guerra con sus maridos y toman parte, no sólo en el combate, sino también en el mando; en que las sortijas no sólo sirven de adorno en las narices, labios, mejillas, orejas y pies, sino que además se echa mano de pesadas varillas de oro para atravesar con ellas los pechos y el trasero; en que al comer se limpian los dedos en los muslos, en los testículos y en las plantas de
los pies; en que los hijos no son los herederos de sus padres, y, sin embargo, lo son los hermanos y sobrinos de éstos; en otras partes lo son los sobrinos solamente, salvo cuando la herencia es la de un príncipe; entonces, para ordenar la comunidad de bienes en usanza, ciertos magistrados soberanos ejercen el omnímodo cargo del cultivo de las tierras y distribución de los frutos de las
mismas, a tenor de las necesidad de cada uno; en que se llora la muerte de los hijos y se festeja la de los viejos; en que diez o doce personas se acuestan en el mismo lecho, acompañadas de sus mujeres respectivas; en que las mujeres que pierden sus esposos por muerte violenta pueden de nuevo contraer matrimonio, y no pueden hacerlo las demás; en que tan poco valor se concede a la mujer, que se da muerte a las hembras que nacen y se compran las del vecino para llenar con
ellas las necesidades naturales; en que los maridos son dueños de repudiar sin alegar causa alguna, y a las mujeres no les asiste tal derecho; en que los maridos pueden venderlas si son estériles; en que se cuecen los cadáveres y se machacan luego hasta que forman una especie de papilla, la cual mezclan al vino que beben; en que la sepultura más envidiable es ser devorado por perros, y en otros sitios por pájaros; en que se cree que las almas dichosas viven en completa libertad en los alegres campos, provistas de toda suerte de comodidades, y que son, ellas las
que producen el eco que oímos cuando en despoblado resuena nuestra voz; en que se combate dentro del agua, y los hombres disparan nadando sus arcos, con golpe certero, en que, como muestra de sumisión, se levantan los hombros y se baja la cabeza; en que precisa descalzarse para entrar en la cámara real; en que los eunucos, guardadores de las religiones tienen los labios cortados y lo mismo
la nariz, para que no puedan inspirar amor; y los sacerdotes se saltan los ojos para
que no puedan inspirar amor; y los sacerdotes se cambian ojos para entrar en comunicación con los espíritus y consultar los oráculos; en que cada cual hace su dios de aquello que más le place: el cazador de un león o de un zorro; el pescador de un pez cualquiera: e ídolos de cada una de las acciones o pasiones humanas: el sol, la luna y la tierra son los dioses principales; en que el procedimiento en uso para jurar consiste en tocar la tierra mirando al sol; en que se come cruda la carne y lo mismo el pescado; en que el juramento que merece más fe es el que se ejecuta en nombre de la persona muerta que de mayor crédito gozó en el país, tocando su tumba con la mano; en que los aguinaldos que el rey envía a los príncipes, sus vasallos, anualmente, consisten en fuego; llevado que es a su destino, apágase el antiguo, y del nuevo se provee todo el pueblo que el príncipe
gobierna; cada cual toma su parte correspondiente so pena de incurrir en crimen de
lesa majestad; en que cuando el rey se consagra por entero a la vida contemplativa y abandona su cargo, lo cual acontece con frecuencia, su primer sucesor está en el deber de hacer lo propio, y así pasar el reino a manos de un tercero; en que la forma de gobierno cambia a medida que los acontecimientos lo exigen; hácese que el rey dimita cuando bien a sus súbditos se les antoja; es sustituido por los ancianos en el gobierno del Estado, y, a veces, déjase la dirección de éste
en manos de la comuna; en que mujeres y hombres son circuncidados lo mismo que bautizados; en que el soldado que en uno o varios combates consigue presentará su rey siete cabezas de enemigos, es elevado a la categoría de noble; en que se cree en la mortalidad y acabamiento de las almas; en que las mujeres dan a luz sin quejas ni lamentos; en que las mismas mujeres llevan en ambas
piernas armaduras de cobre, y si un hijo las muerde están obligadas, por deber de magnanimidad a morderle ellas a su vez; en que no se determinan a casarse sin haber ofrecido a su rey su doncellez; en que se saluda dirigiendo un dedo a tierra levantándole después al cielo; en que los hombres llevan la carga en la cabeza y las mujeres en las espaldas; éstas orinan de pie, aquellos agachados; en que los hombres envían sangre en prueba de amistad e inciensan como a dioses a las personas a quienes tratan de honrar: en que no ya sólo en el cuarto grado de parentesco, sino en ninguno más apartado el matrimonio es permitido; en que los muchachos están cuatro años encomendados a la nodriza, y a veces doce; y en estos mismos países créese peligrosamente mortal dar de mamar al niño el día que nace; en que los padres castigan a los varones y las madres a las hembras, y el
castigo consiste en colgarlos por los pies, cabeza abajo a unos y otros, y en ahumarlos; en que se circuncida a las hembras; en que se come toda suerte de hierbas sin otra precaución que desechar aquellas que despiden mal olor; en que todo está abierto, y las casas, por ricas y hermosas que sean, carecen de puertas y ventanas, y no tienen arcas ni cofres cerrados; en lugares tales, los ladrones
reciben doble castigo que en otros sitios; en que se matan los piojos con los dientes, como hacen los orangutanes, y encuentren odioso verlos despachurrar con las uñas; en que nadie se corta nunca el pelo ni las uñas, y otros países hay en los cuales se cortan sólo las de la mano derecha, y las de la izquierda se dejan
crecer por elegancia; otros se dejan la cabellera del lado derecho tanto como crecer
puede, y se cortan la del lado opuesto; otros países hay en que los padres prestan a sus hijos, y los maridos facilitan sus mujeres a sus huéspedes para que las gocen, pagando; otros en que es lícito tener hijos con su propia madre, y a los padres tener comercio deshonesto con sus hijas y con sus hijos; otros pueblos que en los festines se mezclan unos con otros sin distinción de parentesco, y los muchachos los unos con los otros; aquí se alimentan de carne humana; allí, para ejercer
con ello un acto piadoso, se mata al padre cuando llega a una edad determinada; acullá, los padres, antes de que los hijos nazcan, cuando todavía están en el vientre de su madre, deciden los que han de ser criados y conservados y los que han de ser abandonados y muertos; en otros puntos los maridos viejos prestan sus esposas a la gente joven para que se sirva de ellas; y en otras partes, las mujeres, sin incurrir por ello en falta, pertenecen a varios hombres; hay países en que las mujeres ostentan, como otros tantos timbres de su honor, igual número de franjas en el borde de su vestido que varones las han ayuntado. El uso y la costumbre han hecho, a veces, atribuir a las mujeres funciones que les son de ordinario extrañas y las ha hecho empuñar las armas, conducir ejércitos y dar batallas. Y todo cuanto la filosofía es incapaz de hacer aprobar a los hombres más avisados, ¿no lo enseña la costumbre por sí sola a las almas vulgares? Sabemos de naciones en que no sólo la muerte se menospreciaba, sino que se la festejaba, y en las cuales hasta las criaturas de siete años sufrían estoicamente cuantos latigazos eran precisos para morir, sin inmutarse siquiera; en que la riqueza era de tal suerte despreciada, que el más mísero ciudadano hubiera desdeñado inclinarse para coger del suelo un bolsillo repleto de dinero. Igualmente tenemos noticia de regiones fertilísimas
en toda clase de producciones animales y vegetales, donde los manjares más frecuentes y sabrosos de que se hacía uso eran el pan, los berros y el agua. La costumbre, en fin, hizo que en la isla de Cío transcurriesen setecientos años sin que mujer casada ni soltera osara faltar a su honor. En conclusión, y a mi parecer, nada hay en el mundo que la costumbre no haga o no pueda hacer; con razón la llama Píndaro, a lo que tengo entendido, reina emperadora del mundo. Un individuo a quien sorprendieron golpeando a su padre, respondió que tal era la costumbre de su casa; que el autor de sus días había golpeado a su vez a su abuelo, y éste a su bisabuelo; y mostrando a su hijo, añadió: éste me pegará a mí cuando llegue a
la edad que tengo; y el padre a quien el hijo maltrataba en mitad de la calle, mandole interrumpir la tarea al llegar a cierto lugar, en atención a que él no le había llevado al suyo hasta aquel punto, reponiendo que allí estaba el término de los injuriosos tratamientos hereditarios que los hijos acostumbraban infringir
a sus padres en la familia. Por hábito, dice Aristóteles, tanto como por enfermedad,
las mujeres se arrancan el pelo, se roen las uñas y comen tierra y carbón; y más por costumbre que por tendencia natural, los machos comercian entre sí.
La ley de la conciencia, que consideramos como compañera de la humana naturaleza, nace también y tiene su origen en la costumbre; cada cual acata y venera los hábitos o ideas recibidos y aprobados en derredor suyo, y no sabe desprenderse de ellos sin remordimiento, ni practicarlos sin aplauso.
Cuando los cretenses querían en los pasados tiempos maldecir a alguno, rogaban a los dioses que le arrastraran a contraer alguna costumbre perversa. Pero el principal efecto de su poderío consiste en apoderarse de nosotros de tal suerte, que apenas sí somos dueños de libertarnos de sus garras ni de razonar ni discurrir en qué consiste tal influjo. Diríase que con la leche de nuestras nodrizas penetra
en nuestro ser el espectáculo del mundo, y así queda luego estereotipado para siempre; diríase que nacemos con la condición expresa de seguir la marcha general, y que los hábitos sociales que nos circundan y están en crédito se ingieren en nuestra alma con la semilla de nuestros padres, y son para nosotros los ordinarios y naturales; por donde nos acontece que todo aquello que queda fuera
de los linderos de la costumbre, lo creemos fuera de los de la razón; y Dios sabe con cuánta sinrazón las más de las veces. Si cual nosotros, que tenemos el hábito de estudiarnos, hicieran los demás, al oír cualquier justa máxima, y considerasen por qué razón tal o cual juicio les acomoda, cada cual hallaría que aquélla no tanto era una sentencia luminosa cuanto un buen latigazo a la ordinaria torpeza de su criterio; pero es lo normal el recibir las advertencias de la verdad y sus preceptos como si al pueblo fuesen siempre dirigidos, nunca individualmente; y en lugar
de aplicarlas a sus hábitos particulares, todos las encomiendan estúpidamente a su memoria, con inutilidad palmaria y manifiesta.
Volvamos al imperio de la costumbre.
Los pueblos que están habituados a la libertad y por sí mismos a gobernarse, estiman monstruosa toda otra forma de gobierno, y entienden que va contra la naturaleza; los que están hechos a la monarquía abrigan y practican igual creencia, y cualquier suerte de facilidad que la fortuna les preste para cambiar de instituciones, aun habiéndose desembarazado de su amo venciendo dificultades
grandes, adquieren nuevo amo venciendo también obstáculos análogos, por no poder acostumbrarse a odiar la soberanía. A la costumbre se debe el que cada cual se acomode al lugar en que la naturaleza le colocó; los salvajes de Escocia no echan de menos la Turena, ni los escitas la Tesalia. Preguntaba Darío
a algunos griegos a qué precio querían adoptar la costumbre de los indios, que se
comen a sus padres cuando mueren por estimar que éstos no pueden hallar sepultura mejor que en sus mismos cuerpos; respondiéronle los griegos que por nada en el mundo harían tal enormidad; y habiendo intentado persuadir a los indios para que abandonasen aquella costumbre y adoptaran la de los griegos, los cuales quemaban los cadáveres de sus padres, rechazaron la idea con horror.
Cada cual procede de un modo semejante, con tanta más razón cuanto que el uso aparta de nosotros el aspecto verdadero de las cosas(...).